INSTITUTO POLITÉCNICO

CRISTO REY DE VALLADOLID



Ir a INICIO Ir al FORO FOTOS Memorias y textos Enlaces


AQUELLOS INOLVIDABLES AÑOS - CAPÍTULO XVII

 

Tercero de Oficialía...

...........................................................................................................................................................................................................................

EL BAILE

Los del curso anterior de 3º de Oficialía, es decir, los que este curso estaban en 1º de Maestría o Transformación habían propuesto al padre Fierro, padre prefecto del curso, el tener baile los domingos en la sala de televisión. Después de largas conversaciones lo lograron y tuvieron su baile; en el que no podrían entrar más que los del propio curso y las chicas, de esas, todas las que quisieran, siempre y cuando fueran formales, o por lo menos lo aparentaran.

La herencia del baile la recibimos nosotros con agrado.

La cosa seguía con el mismo planteamiento. Llegó la moda de la minifalda y las más “sueltas” aprovecharon la ocasión para enseñar un poco más sus encantos.

Un día fueron a nuestro baile dos con minifalda; las dos ya tenían su fama y su alias con su “la” delante: “la Pluma” y “la Pelos”. Ya las conocíamos todos de haberlas visto por la ciudad.

Cada domingo organizaba el baile una clase. Ese día les tocaba a los de electrónica. Estaba de portero, para que no se colara nadie, Macario Aristín, un chico de Palencia. Estaba un poco chiflado, y ese día haciéndose el loco, cuando fueron a pasar las dos minifalderas, les dijo que no las dejaba pasar si no le enseñaban las bragas.

Pobre inconveniente las puso; porque con aquellas minifaldas no había que hacer mucho número para ver lo que el “salido” de Aristín quería ver.

De todos modos, como la vergüenza las importaba un comino; sin hacerse de rogar, levantaron un poco más sus faldas, pudiendo saciar el apetito sexual desordenado de aquel chico, que con bien poco se conformaba. ¡Ay Aristín, qué corto te quedaste! Seguro que luego pensaste que podías haber logrado “un botín mayor”.

Los santanderinos tenían su propio grupo, aunque había quien también se metía en otras cuadrillas sin ninguna identificación regional. No eran violentos. Les daba por cantar temas populares de su tierra o temas de otras regiones a los que habían puesto otra letra que fuera con sus costumbres.

Recuerdo un día que estaban muy contentos. Vi a Miguelito y a Peñil abrazados cantando: “Por el río Besaya pasaba un submarino. Rumba la rumba la rum. Por el río Besaya pasaba un submarino. Rumba la rumba la rum. Cargado de borrachos, todos santanderinos. Rumba la rumba la rumba, la rumba del cañón.

Cargado de borrachos, todos santanderinos. Rumba la rumba la rumba, la rumba del cañón.

Qué gente más sana y más maja.

 

 

EL MANOLO

Si nosotros teníamos un profesor de taller que era más bien serio y exigente; todo dependía de rachas; los de mecánica todos los días tenían algo cachondo que contar de su profesor de taller. Le llamaban “el Manolo”, y una de las cosas que contaban de él siempre cuando salía algún comentario sobre este señor era lo siguiente: Los alumnos llevaban una pieza acabada por la lima, el torno o la fresa, para que se la revisara. Éste la miraba con sus aparatos de comprobación. Si veía que la pieza estaba bien, no decía nada, pero si veía pasar un poco de luz, que era señal de que la pieza no estaba bien rematada, decía:

–Por aquí pasa mi “picha” dando botes–. O, si quería ser menos grosero decía:

–Por aquí pasa el gato mío meneando el rabo–.

 

 

A JUGAR AL TACO

Hacíamos mucho deporte. Lo que más practicábamos era el fútbol. Si unos años antes jugábamos a los balonazos en la piscina, eso ya se había quedado pequeño; incluso olvidado, porque ahora jugábamos en los pasillos de los talleres con un taco cúbico de madera de unos cuatro centímetros de lado. Las porterías solían ser dos puertas.

Cada tacazo en la espinilla suponía el tirarse por el suelo de dolor durante unos minutos. Al principio jugábamos a meter goles, luego aparecía nuestra vena de brutalidad, nos olvidábamos de los goles y tirábamos a dar a las espinillas de los rivales con el taco; o cuando alguien tenía el taco en los pies, al ir a quitárselo, nos olvidábamos del taco y nos liábamos a patadas. ¡Qué animaladas! Sí que estábamos un poco “asilvestrados”. Ni sé cómo aguantábamos tantos golpes. Esto provocaba que al final siempre acabáramos mal. Discutiendo o riñendo. Con las espinillas llenas de moratones; con los dedos llenos de pisotones, etc. En vez de dialogar sobre las jugadas o los goles, no hablábamos más que de las patadas que habíamos dado o nos habían dado. ¡Qué bestias! ¡Qué burradas!

 

 

HIGIENE

Seguíamos teniendo clase de Higiene con el hermano Cantalejo, si es que se podía llamar clase, o si es que se podía llamar Higiene o si es que se podía llamar hermano. Esas clases eran lo más parecido a un “respeto irrespetuoso”. No si estas dos palabras lo definen claramente, a mí me gusta como definición; si no se podrían también decir que las clases de Higiene eran la “desorganización bien organizada”; expresión que le gustaba utilizar a mi padre y que a mí me gustaba.

 

 

EL PADRE QUIRINO

La asignatura de Geografía Económica nos la daba el padre Quirino, un cacho de pan. También abusábamos un poco de su bondad; pero como todos le apreciábamos tampoco nos pasábamos.

Después de Iniciación no habíamos vuelto a estudiar geografía y ahora nos disponíamos a emprender una nueva faceta de la geografía, la económica.

Un día, haciendo un examen de evaluación, entre otras preguntas nos puso cuál eran las primeras provincias españolas con mayor población de gallinas. Nos aclaró aún más la pregunta poniéndonos un ejemplo:

–Madrid, Valladolid, Segovia...–.

Aprovechando el hilo del ejemplo, los que se sabían bien la respuesta dijeron:

–La Coruña, Barcelona...(que era la respuesta correcta)–.

Aquel examen fue un verdadero cachondeo. El padre Quirino como si no oyera nada... o sí que lo oía y nos dejó a nuestro aire. Jamás le vi enfadado. En dos festivales que hicimos en años posteriores le dediqué unos versos, y en los dos mi tratamiento hacia él fue de santo.

Hasta entonces no había hecho ningún milagro, pero aunque no conozco a ningún santo personalmente, no creo que hubiera mucha diferencia entre éstos y el padre Quirino...; aunque también suspendía al que hacía mal los exámenes. Él no nos decía las notas, pero cuando nos enterábamos de las mismas siempre había alguno que decía:

–Joder con el Quirino, se ha cargado a unos cuantos; y parece que no mata una mosca–.

 

 

 

EL MIRANDA

De amargar la vida a la gente con las Matemáticas, se encargaba don José Miguel Miranda: alto, fuerte, calvo y que se preparaba unos buenos “petardos” con el caldo de los Ideales.

A pesar de que él quería e intentaba ser agradable –algunos días nos contaba hasta los últimos chistes que había oído–, la gente en general le tenía manía. En cierto modo era razonable; era el profesor de Matemáticas y eso lo decía todo.

Nadie se atrevía a copiar en estos exámenes; no por la dificultad que entrañara, porque no vigilaba apenas nada, sabedor del respeto que se le tenía, sino porque sabíamos que al que le pillara se le había colgado el curso. El Miranda, que así le denominábamos, como estaba al tanto de nuestro temor no se preocupaba lo más mínimo de vigilarnos, por eso, en realidad era uno de los profesores a los que se le podía copiar fácilmente. Y si no que lo diga Ortega.

Recuerdo un día, que entré en mi clase antes de un examen; allí estaban todos mis compañeros estudiando como locos una pregunta referente a ¿una fórmula?. Les acababan de decir los del curso superior que esa la ponía todos los años.

Faltaban diez minutos para empezar el examen y el que no se la había podido aprender de memoria la había copiado en una chuleta. Yo no estaba ni entre los unos ni entre los otros, ¡gilipollas de mí! Fui al examen sin chuleta y sin aprendérmela. La pregunta cayó, por supuesto. Era una fórmula que el Miranda había descifrado en su día muy bien en el encerado. Era una de sus favoritas.

Cuando acabó de dictarnos el examen dijo:

–Una de las cosas que más me fastidia es que una materia que se ha hecho en clase y todo el mundo la ha entendido, se ponga en un examen y haya gente que no sepa hacerla. Eso no lo admito–.

Era lo que me faltaba. Encima con amenazas. No me quedaba más remedio que arriesgarme. Intentaría copiar la pregunta afrontando el riesgo que corría si me pillaba.

El corazón me latía a velocidad vertiginosa. Yo no estaba acostumbrado a copiar. No dominaba mis nervios, y enfrente de mí, un poco lejos, estaba el “ogro”, dispuesto a devorarme. Veía “Mirandas” por todos los lados. Olía su peculiar tabaco cerca, muy cerca de mí. “Trágame tierra. No podrás hacerlo. Tú no sabes copiar, te falta experiencia. ¿Qué hago Ortega?”; pensaba. Pero no había otra solución, me tenía que arriesgar.

Saqué mi cuaderno de apuntes donde tenía la fórmula desarrollada. Empecé a pasar las páginas temblorosamente hasta llegar donde estaba la maldita fórmula. Las piernas me temblaban. El corazón me pegaba unos castañazos contra el pecho que me hacían toser. Aquello era morirse.

Poco a poco, con el alma en vilo, fui copiando la pregunta hasta que por fin acabé. Me podría suspender en aquel examen, pero no sería por no haber resuelto aquella fórmula. ¡FFFFFFFF!

Aprobé el examen.

Carlos Valentín Gil

- Enero de 2020-

 



© 2020- Asociación Antiguos Alumnos Cristo Rey Miralar
Avda Gijón 17, 47009 - VALLADOLID