INSTITUTO POLITÉCNICO

CRISTO REY DE VALLADOLID



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AQUELLOS INOLVIDABLES AÑOS - CAPÍTULO XVI

 

Tercero de Oficialía...

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PACO: LAS "CALADAS"

Mi habitación la compartíamos cuatro de la misma clase: Sanzo, de Mayorga; Miguel Prieto “Miguelito”, de Comillas; Paco “el Gordo”, de Cuéllar; y yo.

Teníamos dos mesas. En una estaban Sanzo y Miguelito y en la otra estábamos Paco y yo.

Paco y yo fumábamos como corachas. Cuando andábamos mal de tabaco (cuando andaba yo mal de tabaco, quiero decir) le pedía a Paco fumar un cigarrillo a medias. Teníamos tantas ansias de fumar que no dejábamos el cigarrillo parar un momento. Hasta que Paco se cabreaba y decía:

–No chupes tan deprisa y deja al cigarro descansar un poco, que nos vamos a abrasar con tanta lumbre–.

Yo le contestaba:

–No chupes tan deprisa tú, que parece que te lo vas a comer.

–Seguro, a ver. No te jode. De ahora en adelante, cada uno va a fumar lo suyo, para no reñir.

–Vale, hombre, vale.

Pero si volvía a estar en la misma situación, vuelta a las andadas y a los mismos comentarios: a quemarnos los morros; a discutir; a que si no lo dejas descansar; a que si el que no lo dejas descansar eres tú, que eres un tragón...

Cuando acababa el estudio obligatorio por la noche, a las diez y media; cansados de tantas horas de clase y estudio, cada uno buscaba una forma de relajarse o desahogarse. Unos se fumaban un cigarro tranquilamente, saboreándolo como si llevaran un mes sin fumar. Otros se iban a los lavabos y se pegaban un buen chapuzón. Otros entraban en los servicios y se tiraban cuatro pedos o se auto-complacían…, otros hacían flexiones apoyándose en las barras de las literas, se daban volteretas para adelante y para atrás –había muy buenos gimnastas de paralelas–. Otros se iban a echar una parrafada a otra habitación donde estuviera algún amigo...

 

 

ANSELMO ELECTROCUTADO

Un día, cuando la costumbre de las flexiones en las literas estaba en pleno apogeo, entró Anselmo, el central del juvenil A de fútbol y también amigo de Sanzo.

Antes de entrar, habíamos estado preparando una broma que consistía en conectar los dos bornes de un enchufe a las dos literas, de tal manera que si alguien hacía los ejercicios de paralelas le sacudiera un buen calambrazo.

Lo estuvimos preparando durante el estudio, finalizado el cual, el experimento estaba terminado y comprobado. No podía fallar.

Acabado el estudio se personó Anselmo en nuestra habitación. Le dije:

–Anselmo, a que no pones las piernas paralelas al suelo apoyado en las barras de las literas.

–Bueno, ya ves–. Dijo Anselmo. (Anselmo medía 1,86 metros y pesaba entre 86 y 90 kg).

–¿A que no lo haces?–. Insistí.

Hacia las literas fue Anselmo decidido a hacerme una demostración de buen gimnasta. Apoyado en las barras fuertemente para poder doblar su cuerpo, se disponía a darme en los morros con su exhibición. Logró poner las piernas en la posición que yo le había pedido. Cuando finalizó el ejercicio, me dijo:

–¿Has visto, eh?–.

Durante esta primera exhibición no quisimos hacerle nada. Le dije:

–¿A que no lo haces otra vez? Tú no harías este ejercicio dos veces seguidas, estás demasiado atarugado para repetirlo.

–¿Que no? Ahora verás.

Se había picado, que era lo que queríamos. Allá iba lanzado para hacer de nuevo el ejercicio, como si se jugara la medalla de oro en la Olimpiada. Cuando empezó a estirar las piernas para ponerlas paralelas, metimos los cables en el enchufe... ¡Se quedó tieso! ¡Madre mía! ¡¿Qué hacemos?! Quitamos los cables del enchufe. Anselmo pegó un chillido que asustó a todo el dormitorio. Cayó desplomado al suelo como un saco de patatas. Estaba blanco y casi sin sentido. Le llamábamos y no respondía. Le dábamos tortazos y no reaccionaba. Nosotros estábamos muy asustados porque ya no sabíamos qué hacer para reanimarle. Luego de darle unos cuantos tortazos más empezó a coger color su cara y volver a la normalidad. Por fin se recuperó y pudimos empezar a reírnos aunque no creo que con muchas ganas después de aquel terrible susto.

Fue una broma demasiado pesada. Si no quitamos los cables a tiempo le hubiéramos dejado tieso. Acabábamos de hacer una broma que pudo acabar en ¿tragedia? Una broma muy sonada que hizo pasar a todos los compañeros de dormitorio por nuestra habitación para reírse a carcajada limpia, pero que a nosotros, los autores de la broma no nos hacía la menor gracia; nos daban ganas de llorar pensando en el desenlace que podía haber tenido.

Llevamos a Anselmo a su habitación, todavía asustado. Ya nos reíamos todos. Ya se reía también él, aunque no tenía fuerzas para llamarnos pestes.

Habíamos hecho una broma que pasaría a la historia pero que nunca volveríamos a hacer. Nos lo juramos.

 

 

AL CERO

Hubo otra muy sonada de la que se enteró casi todo el colegio. Fue una broma mutua, y los protagonistas fueron Noriega, un chico de San Vicente de la Barquera y San José, “Traspi”, de Traspinedo, compañeros de habitación y de clase; estudiaban automovilismo. Lo que hicieron fue lo siguiente:

Tenían unas tijeras en la habitación. Debían estar aburridos sin saber qué hacer. Decidieron –no sé de quién de los dos partió la idea–, cortarse el pelo el uno al otro, pero sin ninguna clase de estética, a tijeretazo limpio; un tijeretazo yo; otro tijeretazo tú. Un tijeretazo yo; otro tijeretazo tú.

Cuando acabaron el “show” peluquero sus cabezas parecían algo que estoy todavía por definir. Jamás he visto una cosa igual; como si tuvieran la cabeza llena de brechas.

Así no podían salir a la calle. Lo mejor era cortárselo al cero; no había otro remedio. Aún rasurándose a tope lo tenía que hacer una mano experta, un hábil peluquero, y ¿quién mejor que mi compañero de clase, Puente? Puente era un extraordinario peluquero. Los que teníamos buena amistad con él no nos gastábamos una perra en la peluquería, porque, si bien nos cortábamos pocas veces el pelo, porque estaba de moda entonces llevar el pelo largo, “como la clin de un caballo” que decía mi abuela Fernanda; cuando deseábamos arreglárnoslo un poco acudíamos a Puente; él nos quedaba mejor que en la peluquería. Manejaba el peine corta-pelo con extraordinaria habilidad.

Pues bien, Puente fue el encargado de arreglar el desaguisado de aquellos dos chalados, y les arregló de la única manera que se les podía arreglar, rasurándoles las cabelleras. Después del arreglo parecían dos reclutas recién llegados al cuartel. De todos modos estaban mucho más guapos que antes del “arreglo”. Ocurrencias de chicos. “Cuando el diablo no tiene nada que hacer...”

 

NORIEGA

Noriega era un chico muy obeso, pero tenía una gran agilidad; tanto es así que jugaba al fútbol de portero, y lo hacía bastante bien. Hasta estuvo entrenándose con los juveniles. El entrenador estaba dispuesto a ficharlo pero no tuvo suerte porque cuando fue a pasar el reconocimiento médico que exigía la Federación, le dijeron que aunque presentaba una salud de hierro su constitución no era la más idónea para practicar el deporte del fútbol. Fue una gran desilusión la que se llevó Noriega. Pensaba que no iba a haber ningún problema, pues un par de años atrás había jugado en el infantil de fútbol y jamás le había pasado nada.

 

Carlos Valentín Gil

- Marzo de 2018-

 



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