INSTITUTO POLITÉCNICO

CRISTO REY DE VALLADOLID



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AQUELLOS INOLVIDABLES AÑOS - CAPÍTULO XIV

 

Tercero de Oficialía...

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A primeros de octubre estrenaba un nuevo curso: 3º de Oficialía. Atrás quedaba el curso que más me había costado sacar adelante; el curso más difícil; el curso de la criba; el curso en el que caerían muchos compañeros, a algunos de los cuales les vería repetir y a otros no los volvería a ver jamás. Me daba mucha pena, sobre todo porque había perdido a uno de mis mejores amigos, a Ignacio.

El primer día de clase nos mirábamos unos a otros apenados por los compañeros que habían causado baja. Todos hubiéramos deseado estar los mismos que el curso anterior, pero no había sido posible, no nos quedaba más que un grato recuerdo de aquellos que habían convivido con nosotros durante uno, dos, tres o más años.

Había que dejarse de sentimentalismos y empezar a afrontar el nuevo curso con pie firme para evitar sorpresas desagradables; ya no había remedio que hiciera volver a nuestros ex-compañeros, que no ex-amigos, porque los amigos no dejan de serlo por muy larga que sea una separación.

 

¿Fumas? Sí, gracias

Feliz día, el primero de este curso, a pesar de las ausencias; sobre todo para los fumadores. Ya no tendríamos que escondernos. Podríamos fumar por la calle, en los pasillos, en los dormitorios; incluso en algunas clases nos iban a dejar fumar.

Ya éramos mayores. Éramos unos hombres con pelo en el pecho; ¡je!, sobre todo yo. Profesores y curas nos tratarían de una forma diferente, más respetable, y eso se nos notaba a todos los de mi curso en el andar, y al cruzarnos con los de cursos inferiores. Los fumadores llevábamos nuestros pitillos entre los dedos con chulería inusual, quizá hasta exagerada. Cómo disfrutábamos fumando delante de los más peques. Era la experiencia de todos los años de los que llegaban a este curso. Yo eso ya lo había notado años atrás. Qué envidia me daban los fumadores “autorizados”. ¡Cómo me restregaban por los morros su bula, sus largas caladas de aquellos Celtas que nos sabían a gloria, incluso en “cautividad”, en los apestosos retretes! Hasta llegar a este día cuantas veces soñé con ser alumno de 3º de Oficialía para que me dejaran fumar a pecho descubierto. Por fin. Bendito día.

Nuevamente nuestros profesores no eran los mismos que el año anterior, si bien, algunos continuaban pero dándonos otra asignatura distinta, como el señor Pastor, que nos había dado Dibujo y ahora nos daba Tecnología. Como Cuéllar, que había dejado de ser el ayudante de Espinel en el Taller y ahora era nuestro profesor de Dibujo. Seguía de Prefecto el padre Fierro. Nuestro profesor de Matemáticas ya no era “el Persianas”, ahora era “el Sr. Miranda”, uno de los profesores más temidos por todos; en primer lugar por lo que son siempre las Matemáticas, asignatura odiada por un gran número de alumnos; en segundo lugar por la fama de severo que precedía a nuestro profesor. “El Miranda” daba clase en la Escuela de Peritos, y se decía que allí había tenido como alumno a su hermano y le había suspendido. ¿Quién no teme a un profesor del que te dicen esto? Nuestro profesor de Literatura era el padre Manolo; un “casta”, una persona simpatiquísima; un jesuita que no vivía en la comunidad, otro cura externo. De la Física se encargaba otro ex-alumno: José Luis Rodríguez Lázaro; un tío fenomenal; uno de los mejores amigos –a pesar de ser mi profesor– que tuve en el colegio; una persona que comprendía perfectamente los problemas de los estudiantes de aquella época. De profesor de Taller volvíamos a tener al señor Salas. Teníamos una nueva asignatura: la Geografía Económica. Nos la daba el padre Quirino; un santo, un hombre al que lo que le sobraba de bondad le faltaba de pelo, una bellísima persona.

Nos cuidaba en el dormitorio Miguel “el Tarta”. Seguía siendo el entrenador del Juvenil A de fútbol.

Entrenarse con Miguel era todo un desmadre, pero conseguíamos estar en una forma impresionante, porque el Juvenil A tenía como días para entrenarse los martes y los jueves. Los del B nos entrenábamos los miércoles y los viernes; pero como nos entrenábamos juntos los dos equipos, eran cuatro los días de entrenamiento. Los lunes nos dejaban libres por si estábamos cansados del partido del domingo, pero como no sabíamos qué hacer durante el recreo, pues bajábamos a los campos de fútbol “a dar unas patadas”. ¡Je!

Los sábados eran los únicos días que nos podía entrenar Jesús, nuestro entrenador, por lo que también teníamos que ir a entrenarnos si queríamos jugar el domingo. Nos fastidiaba mucho salir tarde a la ciudad o que nos cortaran un día como el sábado, un día libre, era una triste gracia estar entrenándote toda la semana y por no ir el sábado no poder jugar el domingo.

Cuando jugábamos los domingos, tanto los del A como los del B, arrasábamos.

Acabada la temporada nos clasificamos en primer lugar y quedamos los menos goleados. Éramos un equipo muy fuerte, pero no ascendimos de categoría porque éramos el equipo filial del juvenil A y no podíamos jugar los dos en la misma categoría.



Miguel “el Tarta”

La mayoría de los días, el dormitorio era un auténtico cachondeo, tanto por la mañana al levantarnos, como por la noche antes de acostarnos.

Nos ponía todos los días la misma música para levantarnos: “Fresas salvajes”, de Camiso Sesto; “Con el corazón se puede cantar mientras con amor se va trabajando”, de Manolo Escobar; etc.

Al sonar la primera canción no se levantaba nadie de la cama. Cuando sonaba la segunda se iban incorporando los más miedosos y los más diligentes. Cuando empezaba la tercera se oía en todas las habitaciones: todos arriba que viene “el Tarta”.

–“Va a amos, va a amos. Ve enga to odos a a a arriba. Va a amos, va a amos. A a a alguno sssss se e va a qqqq que e edar ssss sin d d d de esayunar...”–.

Tanto va el cántaro a la fuente..., que un día nos dejó encerrados y sin desayunar a unos cuantos.

Miguel daba clase a los de Imprenta. No sé cómo le aguantarían.

Tuvo una época en la que estaba totalmente pasado de rosca; un verdadero desastre. Iba por las calles del colegio tocando una flauta y bailando un yo-yó, provocando la risa y la burla de todos cuantos le veíamos.

El dormitorio era todos los días un circo. Un día salió de su cuarto, que estaba nada más entrar de frente a la derecha, y se fue en dirección a los servicios. Iba diciendo –si se puede decir que decía algo–:

-Ssssssssss–.

Todos callamos mientras susurrábamos:

–A callar, que viene “el Tarta”–.

Creíamos que ese “ssssssss”, significaba que pedía silencio en el dormitorio, pero estábamos equivocados. Lo pudimos adivinar cuando llegó a los servicios, que estaban al final del pasillo, pues allí después de un largo siseo arrancó diciendo lo que quería:

-Sssssssssss sssssssssssss ssssssssssseellos, ¿quién tiene?–.

Se armó un cisco de campeonato. Nadie pudo contener la risa. Nos revolcábamos por el suelo. Él demostrando su gran ignorancia todavía nos preguntaba que de qué nos reíamos. De ti, jodido merluzo; ¿es tan difícil adivinarlo?

El estudio de la noche acababa a las diez y media. A esta hora nos daban unos minutos para ir a los servicios o prepararnos para meternos en la cama. Acabado este tiempo llegaban las palabras que mejor decía Miguel, porque todos los días decía las mismas:

–A apaguen luces generales. Enciendan flexos lo os que quieran seguir estudiando. Bajen persianas. Todo el mundo en silencio...–.

Parecía como si hubiera estado todo el día ensayando estas frases. Luego las soltaba de carrerilla para no trabarse.

Un compañero de clase, José María Flores, jugaba en el juvenil A de fútbol. Era el enchufado de Miguel. Siempre estaba Miguel pendiente de Flores, y éste estaba harto de tener a Miguel hasta en la sopa. Hubo tirantez entre los dos durante unos días. En ese tiempo, una noche fue Flores a mi habitación a ver a Sanzo, que era uno de sus íntimos amigos. Mientras hablaba con Sanzo oyó salir a Miguel de su cuarto, y se escondió debajo de una de las literas.

Miguel fue a la habitación de Flores y vio que éste no estaba. Decidió ir a nuestra habitación a ver si estaba con Sanzo, y acertó porque allí estaba, pero no le vio. Nos dijo que si le habíamos visto; le dijimos que sí, que por la mañana y por la tarde en clase, ¡je!, pero que por nuestra habitación no había pasado.

No sé que interés tendría en verle; el caso es que empezó a mirar por los servicios y por todas las habitaciones hasta que dio con él.

Hubo carreras por el dormitorio, hasta que jugando al gato y al ratón fueron a parar al vestíbulo. “A que te pillo”. “A que no me pillas”... Al final acabaron esquivándose en una columna que había en el vestíbulo. Los dos intentaban dar el tortazo a su oponente –eso sólo Flores se lo podía permitir con Miguel-. Para desilusión de Miguel y alegría de todo el dormitorio, el único que acertó con su mano en el rostro de su oponente fue Flores. No hubo más persecución. Miguel se fue a su cuarto y Flores a su habitación, y acabó este incidente, aunque el comentario fue de boca en boca por todo el colegio. No hubo amenazas de expulsión ni nada, porque el único que se podía quejar era Miguel, y Miguel para no hacer más el ridículo, calló.

Carlos Valentín Gil

- Abril 2017-

 



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