INSTITUTO POLITÉCNICO

CRISTO REY DE VALLADOLID



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AQUELLOS INOLVIDABLES AÑOS - CAPÍTULO XIII

 

Segundo de Oficialía...

 

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¡Hala, sin comer!

Nos daba Literatura el padre Esteban. Un cura a mi modo de ver, muy liberal, con una manera de ser muy original, para ser cura. Actuaba de acuerdo con sus ideas siempre, lo que le acarreaba algunas diferencias con los demás jesuitas, y sobre todo con el padre Rector. Era además, al igual que el padre Fierro –eso sí, con otro estilo–, un gran futbolista.

Un día cuando entró en clase, vio que en una pared había pintada una “tía en pelotas”.

Reacción normal:

–¿Quién ha pintado esto?–.

Reacción más normal. Nadie contestó. Nadie la había pintado. Por muy culpable que uno fuera; cualquiera se atrevía a reconocer aquel mural como suyo. Las cosas del sexo estaban terminantemente prohibidas y el temor a un castigo por tal circunstancia era muy grande.

Yo no sé quién fue el gracioso, el caso es que la reacción del padre Esteban no se hizo esperar:

–Si no sale el autor os quedaréis sin comer–.

Su clase era la última de las de por la mañana. El dibujante no apareció y el castigo no nos lo quitó. Tan solo hubo uno que no se quedó sin comer: Paco “el Gordo”; un tío de 1,85 metros de estatura y más de 100 kilos de peso. Su constitución física no le permitía pasarse por alto ni una sola comida, y mucho menos la de las dos y media.

–Que me castigue si quiere, pero a mí no me deja ni mi padre sin comer–. Dijo el bueno de Paco. ¡Olé tus cojones, Paco!

Las clases por la tarde empezaban a las tres y media. Nos dejaron libres a las tres y veinte, y todos salimos despedidos para ver qué podíamos meter en nuestro castigado estómago.

Yo me fui directo a la cocina. Por el camino me crucé con Paco que me soltó dos eructos para joderme más.

–Que aproveche–. Le dije. Él calló; miró hacia otro lado con chulería, y siguió su camino como si no hubiera pasado nada. ¡Cómo que no había pasado nada! Él había comido, no te jodes. Se había arriesgado, pero había comido, y bienvenida sea la bendita comida que le estaba repitiendo ahora en su gran estómago. Yo me decía: Cuánto daría yo ahora porque me repitiera la comida, o me hubiera dado acidez de estómago, o ardor de estómago, o me hubiera producido gases, o incluso cagalera...

En la cocina no me pudieron dar ni un trozo de pan.

Ese día habían tenido uvas de postre, y fuera del comedor estaban los cestos donde las habían llevado al colegio. Cuando me dirigía al dormitorio pensando que me iba a tener que comer un cacho de chorizo, casero, por supuesto, sin pan ni nada; encontré en uno de los cestos un cacho de pan pequeñito. Aquello para mí era el “maná”. Cómo me iba a comer un cacho de chorizo sin pan.

Con mi reducido cacho de pan me hice un bocadillo, que devoré en unos segundos. Me supo a gloria bendita. Creo que ha sido una de las veces que he comido una cosa con más ganas y más satisfacción.

En aquellos tiempos había un bar enfrente del colegio: “El Cielo”. Lindo nombre. Allí se fueron a comer algo otros cuantos de la clase, la mayoría externos. El tiempo que teníamos para comer era muy reducido; eran diez minutos que no daban nada de sí.

 

Estos sí que son los últimos

A las tres y media teníamos clase de Tecnología con “mi amigo” Espinel. Cuando comenzó la clase estaríamos en la misma, unos diez. En la clase éramos treinta y ocho. Los demás fueron llegando a intervalos, lo que suponía interrupciones y más interrupciones a nuestro profesor en sus explicaciones.

Llamaban a la puerta. Espinel mandaba pasar y les preguntaba los motivos de su tardanza. Con los primeros condescendió pronto, pero luego, una vez que iban llegando los demás de “El Cielo”, se empezó a mosquear –pensaría que del Cielo nadie vuelve–, hasta que dijo a unos:

–Bueno, pasad, pero de ahora en adelante, los que falten ya pueden llamar todo lo que quieran porque les va a dar lo mismo. No van a pasar–.

Dicho esto, volvieron a llamar a la puerta. Los que llamaron expusieron el mismo argumento que todos los que les precedieron y que ya le habíamos explicado los que estábamos al empezar la clase.

–Bueno, pasad, pero estos sí que son los últimos que pasan, si no, no voy a poder explicar nada–.

Una vez sentados los últimos en llegar, cuando ya serían aproximadamente las cuatro; de nuevo golpes en la puerta solicitando el permiso para entrar. Nuevamente los mismos argumentos y nuevamente las mismas insinuaciones de Espinel:

–Venga, pasad, pero ahora sí que ya no pasa nadie más–.

Eran la cuatro y diez cuando llegó el penúltimo grupo, y todo como un calco de los anteriores. Y Espinel:

–Os habéis empeñado en que hoy no explique y os vais a salir con la vuestra. No quiero que esto vuelva a suceder. Pasad, pero vais a ser los últimos, porque si falta alguien ya no va a entrar, se va a quedar en el pasillo–.

Supongo que se quedaría con las ganas de acabar la frase con la exclamación ¡por la madre que me parió!, que queda muy bien.

Eran las cuatro y veinte. Faltaban solo diez minutos para acabar la clase, cuando llaman a la puerta los que quedaban. Lo de todos: que tenían mucho hambre; que no les pudieron atender antes, que... Y Espinel fuera de sus casillas. Yo sacando a relucir mi risa maliciosa sin que me viera el profesor… –Bueno, pues quedaos en el pasillo, ya no aguanto más–.

Estos se salieron, y Espinel preguntó que si además de aquellos quedaba alguno. Le dijimos que no, que ya eran los últimos.

–Bueno..., decidles que pasen–.

No hicieron más que sentarse en sus pupitres y sonó el timbre anunciando el final de la clase.

Así pasó la primera clase de la tarde de un día en que nuestros estómagos –excepción aparte, de Paco–, nunca perdonarían a aquel dibujante pornográfico que no tuvo otro sitio para expresar sus…, más que en una pared de la clase. ¡Qué cabronada!


El Cantalejo II

Las clases más desmadradas seguían siendo las de Higiene, con el hermano Cantalejo.
Seguía el cachondeo a destajo.

Un día nos quiso explicar los métodos de respiración artificial, y los explicó; pero en el que más hincapié hizo fue en el boca a boca. Pidió un voluntario para que hiciera de víctima y la explicación fuera más real. Salió José Arias, un chico de Gijón; uno de los mayores getas de la clase. El Cantalejo le mandó tumbarse en la mesa mientras todos los de la clase fijábamos nuestra mirada en Arias pensando qué faena le podría hacer al Cantalejo. No se hizo esperar. Cuando el Cantalejo fue a unir su boca con la de Arias, este, pensando en la fama de marica que tenía y que lo que pretendía era darle un beso, empezó a escupir para arriba, bañando la cara de nuestro profesor, y tirando por tierra todas las ilusiones de este, que por lo visto pensaba aprovechar la ocasión del boca a boca para hacer una escena a lo Clark Gable.

El Cantalejo se enfureció y salió de la clase bufando y despotricando y diciendo que éramos mala gente y que no había manera de hacer nada útil con nosotros, porque no teníamos remedio.

Una vez más se impusieron las gamberradas sobre ¿el buen hacer de personas incomprendidas? Claro que, había que estar en el pellejo de Arias...


El taller

El taller era un “show” la mayoría de los días.

Uno de los días que más nos reímos fue cuando oímos chillar a “Carpi”, Rafael Carpintero. Probando una instalación, tocó sin darse cuenta unos terminales conectados a “muchos” voltios; se le quedó la mano pegada y pegó unos chillidos que creo que se oyeron a cientos de metros. Fuimos a ver qué había pasado y vimos al pobre “Carpi” más blanco que una casa gaditana. No sabía donde estaba. Daba palmadas como queriéndose quitar algo que tuviera en las manos. Le tuvimos que dar un par de tortas para hacerle reaccionar.

 

Ortíz

Ortiz era un chico de Mucientes, de la clase de electrónica. Contaban sus compañeros de clase que en un examen de matemáticas, antes de empezar el mismo, una vez dictado por el profesor, decía en voz baja:

–Me lo sé todo. Me lo sé todo. Tranquilo Ortiz, tranquilo–.

Acabado el examen, y pasados unos días, el profesor leyó las notas. Cuando llegó a Ortiz dijo:

–Ortiz, 2–.

Yo no estaba en esa clase, pero no hace falta ser muy inteligente para imaginarse la reacción de sus compañeros.

La carga

En mi clase había otro chico de Mucientes, Andrés Vaquero. Era más bruto que un arado. Le llamábamos “la Carga”; porque un día jugando al fútbol entre los de la clase, le entró al que llevaba el balón de tal manera que le tiró al suelo bruscamente.Todos dijimos que aquella entrada había sido falta, y él con aire de suficiencia nos contestó a todos:

–-Eso ha sido “carga legal”–. Así que con “la Carga” se quedó.

Otra de las anécdotas de Andrés Vaquero sucedió jugando un partido de fútbol contra otra clase, cuando le dijo al compañero que llevaba el balón:

–Métesela a Teresa por el extremo–.

¡Je!; Martín Teresa; al que llamábamos Teresa por ser su primer apellido, jugaba de extremo derecho; de ahí la expresión de nuestro original compañero.

Fue una expresión muy lógica, pero trajo cola. Menudos éramos. No pasábamos por alto ni una, y menos de ese tema. Y menos mal que Martín Teresa nunca se ruborizó. Cosas de mucenteños.

 

Los préstamos de Vaquero

Andrés Vaquero fue mi salvación durante muchas semanas, porque era el que me hacía los préstamos para comprar cigarrillos cuando me quedaba sin dinero. Entonces la Felisa, la señora del kiosco ambulante, nos daba cuatro cigarrillos de Celtas –que era lo único que podíamos fumar– por una peseta. Préstamos que siempre le devolvía el lunes de lo que me sobraba de la propina, una vez superado el fin de semana.

Poco era lo que me sobraba, así que los jueves o los viernes ya volvía a solicitar el favor de mi compañero.

Dinero. Dinero. Dinero, vil metal. Que dijo Juan Manuel Serrat.

 


Malabarismos Ortega

Como en la clase había de todo, no podía faltar el copión, el clásico tío que aprueba todos los exámenes que puede a base de copiar. Me refiero a Salvador Pérez Ortega, Ortega, de Santovenia de Pisuerga; un verdadero especialista en estas lides; un extraordinario malabarista con los libros y los apuntes en los exámenes, y uno de los mejores a la hora de las prácticas de taller; que todo hay que decirlo. Era un manitas.

Era un verdadero espectáculo verle copiar, al igual que eran una maravilla sus instalaciones en el taller.
Vayamos con sus maniobras en los exámenes teóricos.

Llevaba a los exámenes todos los apuntes que tuviera a mano. Le daba lo mismo que el profesor estuviera vigilando estrechamente para que nadie copiara. Él se las apañaba para que todo su examen saliera de chuletas y otras artimañas ilegales.

Un día hicimos un examen teórico de dibujo. Al día siguiente, una vez corregidos los exámenes por nuestro profesor, el señor Pastor; este se dispuso a decir las notas de los exámenes. Cuando llegó a Ortega le extrañó mucho su examen; debía estar muy bien, casi calcado. El profesor mosqueado, no se fió y le dijo:

–Ortega, tú has copiado.

–¿Yo? Yo no–. Dijo Ortega.

–Sí, sí que has copiado–. Insistió el Pastor. –Y si no, mira, te voy a hacer una pregunta del examen–.

Le preguntó una de las cuestiones del examen, y Ortega no sabía ni qué hacer, ni qué decir, porque no tenía ni puñetera idea. El caso es que el Pastor le puso un “0” como un catedral. Por malo, por copiar.

 

El dormitorio

Nos cuidaba en el dormitorio Manrique; antiguo alumno. No era mala persona, quizá demasiado serio. Tenía un bigote a lo José María Iñigo, muy de moda en aquella época para los que tenían bigote o se lo podían dejar..., no era mi caso. Lo único que había que hacer para llevarse bien con él era “no buscarle las cosquillas”, para no hacerle cabrear.

Cuando acababa el estudio por la noche, casi todos los días nos mandaba salir al pasillo central del dormitorio, donde nos daba algún consejo; nos hacía alguna advertencia o nos decía alguna cosa referente a nuestro comportamiento en el dormitorio: no dar guerra durante el estudio ni una vez apagadas las luces; dejar estudiar al que tuviera ganas de hacerlo; levantarse antes de la cama por las mañanas...

Una de estas noches, mientras nos estaba hablando, mi mirada se cruzó con la de Valsero, uno que había estado el primer año en mi clase. No sé si teníamos monos en la cara, pero cuando nos mirábamos a los dos nos daba la risa. Aquella vez no fue menos. Nos dio la risa. Manrique nos vio y nos mandó salir del dormitorio. Mientras salíamos a mí me vinieron unas ganas de reír que no me pude aguantar y solté una carcajada. Manrique me llamó y me dijo que por qué había soltado aquella carcajada. Como yo no tenía ninguna explicación, ninguna explicación le pude dar más que encogerme de hombros y callar. Él creyó que me reía de él, me dio un par de tortazos y me mandó salir fuera del dormitorio. Tenía entonces quince años, edad en la que ya no se deben recibir tortazos como castigo. Ahora no lo podría hacer.

Afuera estaba ya Valsero, compañero de aquel trance, revolcándose de risa.

Además de aquellos tortazos, nos tocó estar fuera del dormitorio un par de horas sin saber qué hacer. Recuerdo que me entraron unas ganas de orinar horribles; no me podía aguantar. Allí no había servicios y tampoco me atrevía a entrar a los servicios del dormitorio por miedo a volver a cobrar. Bueno, pues a Valsero, que había sacado un cuaderno, a pesar de no ser experto en papiroflexia, se le ocurrió improvisar un orinal con una hoja del cuaderno. Bueno, un orinal..., un orinal.., tampoco; un recipiente con más forma de vaso que de orinal. Allí eché la meada; abrí una ventana, miré a ver si pasaba alguien, vi que no, y lancé mi orina acordándome del “agua va” de otros tiempos.
A mí la risa me ha dado más de un disgusto, pero he de decir que es como un reflejo nervioso que no puedo dominar, no es que me quiera reír de la gente..., algunas veces, claro está.

A pesar de aquel incidente nunca guardé rencor a nuestro castigador, porque como he dicho antes, siempre le consideré una bella persona de la que jamás se podía esperar que actuara con mala intención. No castigaba a nadie por placer.

 

¡El mar!

Por primera vez desde que llegué al colegio se organizaba una excursión. La finalidad de la misma era ir a Noja, un pueblo “entonces” de la provincia de Santander, para asistir al ¿canta misa? del que fuera prefecto de los cursos de iniciación un año antes de llegar yo, el padre Arana. Una persona de la que todos los que habían convivido con él tenían buenos recuerdos.

Lo pasamos muy bien. Cuando llegamos a Comillas vi por primera vez el mar, al igual que la mayoría de mis compañeros de excursión. El tiempo no era muy bueno; incluso llovía, pero aquello no fue impedimento para frustrar nuestros grandiosos deseos de darnos un buen chapuzón en aquellas agitadas aguas del Mar Cantábrico.
Nos dimos un buen baño. Salimos con los ojos colorados como tomates, pero eso no nos importó lo más mínimo; lo importante era que muchos de nosotros veíamos por primera vez aquella inmensa masa de agua salada.

Haciendo turismo por Comillas escuché una expresión que me hizo muchísima gracia. Con nuestro grupo venía Miguelito, un chico de Comillas que estaba en mi clase. Nos encontramos con uno de sus hermanos –me parece que eran doce o trece–, y alguien le dijo:

–¿Qué tal se porta Miguelito cuando está en casa?–.

La respuesta de su hermano fue:

–¿Quién, ¡este “hijo puta”!?–.

Joder, a su hermano decirle eso. Nos quedamos acojonados. Después ya nos enteramos que era una expresión muy común por aquellas tierras y que no le daban tanta importancia como le dábamos por ejemplo los vallisoletanos.

Visitamos también San Vicente de la Barquera, Santillana del Mar, Potes y la capital, Santander. Siempre guiados, y muy bien por cierto, por el padre Esteban, santanderino de nacimiento y gran conocedor de la tierra y sus culturas.

En Santander hicimos un viaje en barco, nos metimos un poco en alta mar, y menos mal que salimos pronto porque a punto estuvimos de marearnos la mayoría. Fue una experiencia emocionante.

Íbamos a volver por Burgos, para ver la ciudad, pero en Santander un coche atropelló a Molinos, uno de mis compañeros excursionistas; le tuvieron que hospitalizar, y ahí acabó prácticamente la excursión, inmediatamente nos vinimos para el colegio.

Pasamos un par de días fenomenales.

 

 

¿Comedor?, no. Circo.

Durante este curso los mejores ratos los pasé en el comedor.

Nos sentábamos en la mesa: Rafa, Julián, Rúper, Pascual, Melecio y yo. Rafa, mi inseparable y buen amigo; Julián, el del chorizo en el fluorescente; Rúper, un chico de Laguna; Pascual, de Tudela de Duero y Melecio, mi antiguo compañero de habitación, de Tordehumos.

Creo que fueron pocos los días que nos aprovechó la comida. Estábamos todo el tiempo jugando y riéndonos. Cada día pagaba uno el pato (No es que comiéramos pato todos los días, sería demasiado lujo), es que cada día uno era el receptor de las bromas.

A Melecio le hacíamos cabrear para que cuando dijera algo tartamudeara más, provocando nuestra risa mientras le hacíamos burla. Se ponía tan histérico que no le salía una palabra bien.

A Pascual le daba por contar chistes; chistes muy malos que nos hacían reír mucho; nos reíamos de la manera que tenía de contarlos y de lo malarros que eran. Contaba el chiste muy mal, el chiste era malo y nosotros no nos reíamos. Pero se quedaba con una cara como diciendo:¿seré yo o será el chiste?
Yo tenía mucha manía de hacer como que escupía. El sonido que hacía con la saliva y la boca era igual, pero no escupía, volvía a tragarme la saliva. Un día le dije a Pascual que si me lo propusiera le daría con un escupitajo en un ojo –entonces todavía no había llegado a mis oídos lo de la palabra “esputo”, además prefiero escupitajo–. Pascual no hacía más que reírse al ver mis simulacros. No se conformó con reírse y empezó a hacer bobadas poniendo dos dedos rodeando uno de sus ojos. En un instante su cara cambió de color; uno de sus ojos estaba tapado por un grandioso “pollo”, que le colgaba de las pestañas. Fue un auténtico “bazucazo”.
Ese día no paramos de reírnos en toda la comida, no pudimos meter ni un mal bocado en nuestro estómago. ¡Joder que risa!

Otro de los días que no pudimos comer fue cuando tomando el primer plato, sopa, se me ocurrió empezar a sorber haciendo un estruendoso ruido. Mientras sorbía, dije:

–Así hace mi abuela–.

Me dio la risa, y como no podía abrir la boca porque tenía la sopa adentro, se me salieron los mocos, que colgaban desde mi nariz hasta el plato. ¡Aaaggg, qué asco!

Todos dijeron al unísono:

–¡Joder, Valentín , qué guarro eres!

–Tampoco os pongáis así–. Les dije. –Se me ha “escapao”, coño–.

A Julián, para que no comiera no había más que hablarle de bichos repugnantes. Le decía:

–Acabo de pisar un sapo antes de entrar..., le salían las tripas por la boca–.

Julián salía del comedor en ayunas, y los otros cinco nos repartíamos su ración de primer plato, segundo plato y postre.

Teníamos hasta nuestro propio “show”, que sacábamos a relucir muchísimos días. Estábamos sentados de la siguiente manera: Rúper, de espaldas al pasillo por donde pasaban los camareros con unos carros en los que transportaban las perolas, platos, tazas, etc. A la derecha de Rúper estaba yo y a su izquierda, Rafa. Frente a mí, Pascual. Frente a Rúper, Melecio, y frente a Rafa, Julián.

Los camareros eran un poco locos conduciendo el carro. Cuando llegaban a la altura de nuestra mesa, bien Rafa o bien yo, o los dos a la vez si previamente nos poníamos de acuerdo, le dábamos un manotazo en el pecho a Rúper que caía patas arriba con su silla en el pasillo, haciendo pegar un frenado en seco al del carro. La inercia hacía que empezaran a bailar todos los recipientes que transportaban; si iban llenos saltaba todo lo saltable, sobre todo si era sopa o alguna cosa caldosa. Muchos atentados sufrió el bueno de Rúper durante el curso, tuvimos suerte que nunca le pillara el carro.

Rúper nunca se enfadaba, y lo único que decía era:

–¿Pero sois tontos o qué?–. Y se echaba a reír como si hubiera sido él el provocador de la broma en vez de la víctima. Así se explica el que ningún día nos aprovechara la comida.

¿Cómo se pueden olvidar tantos y tantos detalles. Tantas y tantas bromas. Tantas y tantas risas. Tantos y tantos buenos ratos? Imposible. A algunos, cuando les he comentado este mi proyecto de memorias del colegio me dicen –cuando les cuento alguna de estas anécdotas–; ¿y te acuerdas de todo? ¿Cómo no me voy a acordar, si han sido los años más felices de mi vida, mis mejores recuerdos? Esto no es de lo que se olvida.

A pesar de todas estas bromas, un poco pesadas, lo reconozco, jamás nadie se puso a mal con nadie. El único que se enfadaba algunas veces y levantaba la voz en señal de protesta era Melecio; porque ni Rúper cuando le sacudíamos, ni Julián cuando se quedaba sin comer, ni Pascual cuando lo del escupitajo, se enfadaron.

Estábamos muy orgullosos de ser la mesa más divertida y la más alborotadora de todo el comedor. Teníamos a todos pendientes de nosotros.

Cuando salíamos del comedor, todos los días nos preguntaban qué novedades habíamos tenido; qué le había pasado a Melecio que tenía las venas del cuello hinchadas; qué chiste había contado Pascual o qué tal estaba Rúper de la última caída. Éramos una mesa de circo.

En una ocasión nos empezamos a tirar bolitas de pan, y acabó todo el comedor como una batalla campal, volaban los trozos de barra de unas mesas a otras, vaya cisco que se preparó; menos mal que no se enteraron de quienes empezaron la batalla.

Teníamos un año más que el año anterior. La atracción hacia el sexo opuesto iba en aumento, y eso lo notábamos en algunos aspectos de nuestra manera de ser y de hacer.

Ahora, cuando salíamos a la ciudad, ya íbamos en plan formal, buscando un buen ligue, o una novia ¿por qué no?, pero nada, seguíamos sin “vender una escoba” en este sentido. Todo seguía igual que el curso anterior.

El curso finalizaba. Ya sólo nos quedaba hacer los exámenes de la última evaluación. Todos teníamos mucho miedo; estábamos subiendo el último peldaño del curso más difícil de pasar. La prueba la teníamos en los repetidores; era el curso en que caía más gente. Se había pegado un gran salto en las materias estudiadas en el curso anterior y eso suponía una gran criba. Todos los que iban pasando los cursos anteriores a trancas y barrancas, de aquí no pasaban.

Acabados los exámenes llegaban las vacaciones. Podrían ser buenas si aprobaba todas y malas si me quedaba alguna. Las mías fueron malas, pues como he dicho anteriormente me suspendieron en Taller y Dibujo. Dos de las más importantes. Si en septiembre no aprobaba las dos me tocaría repetir curso o irme del colegio. Afortunadamente, aunque me tocó estudiar durante todo el verano, conseguí aprobar las dos.

Esto fue lo más reseñable que me sucedió durante mi tercer curso en el colegio: 2º de Oficialía.

Carlos Valentín Gil

- Julio 2016-

 



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