INSTITUTO POLITÉCNICO

CRISTO REY DE VALLADOLID



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AQUELLOS INOLVIDABLES AÑOS - CAPÍTULO XII

 

Seguimos en Oficialía...

 

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Dichoso tabaco

Mi vida seguía siendo igual: fumando en todos los recreos todo cuanto podía y oliendo a mierda cada vez que fumaba, porque no había otro sitio para fumar donde no te vieran, que no fueran los “váteres”. Allí no se arrimaban los curas, olía demasiado mal. Todavía recuerdo aquel olor penetrante de mierda y tabaco envueltos. ¡Qué peste! Pero el vicio es el vicio.

 

El infantil de fútbol

De nuevo el infantil de fútbol necesitaba un portero. Había cambiado de entrenador; ahora llevaba el equipo el padre Fierro, mi nuevo padre Prefecto. Un gran futbolista, un gran entrenador y una gran persona, sobre todo para conmigo.
Podía jugar al fútbol en el infantil por cumplir los años después del 1 de septiembre; me pidieron que jugara y acepté. En el equipo estaban mis mejores amigos de entonces: Rafa y Julián.
Cuando fiché por el infantil no tenía pantalón de portero apropiado (los pantalones de portero llevaban unas almohadillas para amortiguar los golpes en los muslos). En el equipamiento que nos daban tampoco tenían este tipo de pantalón, así que un sábado me fui con mi madre a comprarme unos pantalones con almohadillas.
Recuerdo que fuimos a Deportes Vallejo. Allí me probé unos pantalones que me estaban muy grandes de cintura y de muslos.
–Le están impecables–. Le dijo Vallejo a mi madre.
–¿No le están un poco grandes?– Le dijo mi madre.
–Ahora sí. Pero en cuanto los lave una vez encogen y se le van a adaptar divinamente–.
Bueno; el caso es que me quedé con los pantalones. Antes de estrenarlos le dije a mi madre que los lavara a ver si era verdad que encogían y se adaptaban. Pero ni encogieron ni se adaptaron.
Qué disgusto me llevé. Además los tiempos no estaban para tirar el dinero, así que aguanté con ellos y los fui llenando con el paso del tiempo, a medida que mis pantorrillas engordaban e iban echando músculos (porque por más que me tiraba al suelo no se rompían. Qué pantalones más duros). Todavía creo que andan por ahí, en algún baúl.


Ignacio “Cocita”

De Ignacio hay algunas cosas dignas de contar, porque como he dicho anteriormente era muy gracioso y le pasaban cosas muy singulares.
Un día en el dormitorio –teníamos de instructor a Miguel Hernández, “el Tarta”–, se le ocurrió asomar su pene por la puerta al tiempo que salía Miguel de su cuarto. Para ver cómo reaccionaba. Esto fue lo que pasó:
Miguel: –¿Qui qui quién e está a a a aso asomando ese e dedo po po or la p p p p pu puerta?–.
Ignacio: –No te jode, como si yo tuviera la “picha” tan fina como un dedo. “Ete e gilipolla”–.

Tú eres tonto desde las preparatorias: Don Emilio una vez más

En nuestra clase tuvo su gamberrada de curso. El delegado de nuestra clase era un chico apellidado Río. Era repetidor. Tenía unas ideas muy personales de ejercer el mandato en la clase, algunas de las cuales no compartíamos un número elevado de compañeros. Decidió dimitir, a pesar de que todos le animamos para que no lo hiciera, le dijimos que tan solo había que pensar una manera de llevar la clase en la que estuviéramos la mayoría de acuerdo, pero su decisión fue irrevocable, lo dejó.
Elegimos democráticamente como nuevo delegado a otro repetidor, Luis Carlos Espinel. Un chico muy distinto al anterior, más...”viva la Virgen”.
El mismo día del nombramiento teníamos clase de F.E.N. y decidimos estrenar su mandato con una fiesta por todo lo alto, en la que la víctima sería don Emilio, como no.
Cuando entró don Emilio en la clase, allí estábamos todos para preparar un gran alboroto. La clase estaba llena de gente, pero vacía de luz. Estaba “iluminada” por una profunda oscuridad. Eran las cinco de la tarde y teníamos las persianas bajadas y las luces apagadas.
–¿Qué es esto? ¿Qué pasa aquí? No tenéis vergüenza, muchachos. A ver, que den las luces. Que se levante el delegado de clase–.
Se dieron las luces. Se levantó Espinel. Al verle don Emilio, dijo:
–He dicho que se levante el delegado, no tú–.
A Espinel le tenía bastante manía, porque era uno de los más revoltosos de la clase. Espinel dijo:
–El delegado soy yo, don Emilio–.
Don Emilio: –Tú eres tonto desde las preparatorias–. (Las preparatorias eran las escuelas primarias).
Espinel: –Si solo llevo en el colegio dos años, don Emilio–.
Don Emilio: –Pues parece que llevas cuarenta–.
Toda la clase estábamos que explotábamos, pero no nos atrevíamos a soltar la carcajada pues don Emilio se podía enojar más todavía y el castigo podía ser duro, ejemplar; así que aguantamos.
Don Emilio dijo que iba a hablar con el padre Fierro para que nos pusiera un duro castigo a ver si escarmentábamos de una vez por todas. No recuerdo cual fue el castigo ni si tan siquiera llegó a hablar con nuestro padre Prefecto; el caso es que una vez más, don Emilio –“el Pata”– fue víctima de una gamberrada que aunque a nosotros nos hizo mucha gracia a él no le hizo la más mínima. Otra vez le tengo que pedir perdón, don Emilio, por los malos tragos que le hicimos pasar. No éramos buena gente ¿verdad?, pero esto es la realidad y así lo cuento.


Clase nudista

Las clases de taller y tecnología se encargaba de dárnoslas Enrique Espinel, “el Espinel”. Creo que no tenía ningún parentesco con nuestro nuevo encargado de clase. No sé cómo definirle, quizá un poco chulo y autoritario.
Recuerdo que un día caluroso, ya casi acercándonos al verano, la mayoría de los de la clase no llevaban calcetines. El Espinel se dio una vuelta por la clase y vio uno de aquellos “desvergonzados nudistas”; le dijo que a clase no se podía ir sin calcetines –qué diferencia de unos tiempos a otros, ahora lo podía hacer–, que saliera de clase y se fuera a poner unos. El alumno era interno; salió de clase y se fue al dormitorio en busca de los dichosos calcetines. Los demás que estaban en la misma situación escondían los pies cruzándolos por debajo de los asientos, pero no les valió de nada porque Espinel seguía dando vueltas por la clase en busca de algún otro desvergonzado que hubiera osado presentarse en clase de aquella manera tan “erótica”. Iban cayendo uno tras otro todos los “nudistas”. Cuando se cansó de dar vueltas, y por si se le había pasado alguno, se sentó y dijo:
–Todo el que haya venido sin calcetines que abandone la clase y vaya a ponerse unos–.
Aquel día la clase parecía más de Higiene con el hermano Cantalejo que de Tecnología. Sí que era un poco raro el tío. Lo podía haber pasado aquel día y habernos advertido para próximas clases y no preparar el revuelo que preparó.

 

El kilo y la madre que le parió

En el taller había una costumbre no muy buena, por cierto; y eso lo pude comprobar porque yo fui el que pagó el pato por todos los demás. La costumbre era recoger el cobre inservible que quedaba por el suelo de las instalaciones o los bobinados y venderlo. Todos teníamos nuestra pelotita o nuestras pelotitas de cobre para lo que decíamos “el kilo”, que consistía en reunir una cantidad de cobre que pesara un kilogramo, para venderlo después en alguna chatarrería.
Un día estaba cogiendo una herramienta en el cajón de mi mesa, donde también tenía un par de bolas de cobre, con tan mala suerte que pasó por allí “el Espinel” al tiempo que tenía el cajón abierto. Las dos bolas se veían perfectamente. Aquello nadie lo consideraba una falta, por lo que nadie trataba de esconderlo.
Espinel me mandó sacar las bolas... de cobre, ¡je!, y después de una tremenda bronca me dijo que avisaría al padre Hernández, encargado de los talleres de Electricidad y Electrónica para que dictase sentencia por aquel mi delito.
Allí se presentó el padre Hernández, y efectivamente dictó sentencia. Se abrirá una investigación sobre el caso. Mientras tanto quedaba expulsado del taller hasta nuevo aviso.
Afortunadamente me pasó lo menos que me pudo pasar: tres días sin entrar en el taller. El padre Hernández me dijo que mientras la clase de taller me fuera a mi clase. En la hora que me dio ese destino para mi castigo.
Uno de esos días cuando fui a entrar en mi clase, pensando que no había nadie en la misma, entré sin llamar, como es razonable. Pero allí estaban mi Espinel y mis compañeros, los bobinadores, dando una clase teórica. La especialidad de Electricidad estaba dividida en bobinadores e instaladores.
Nada más entrar me dijo el profesor:
–¿Quién le ha mandado entrar aquí? ¿Por qué ha entrado sin llamar?–.
Mi contestación no se hizo esperar:
–Me ha mandado venir aquí el padre Hernández, y he pasado sin llamar porque no sabía que hubiera alguien dentro.
–Pues tenías que haber llamado para entrar–. Dijo Espinel.
–¿Cómo iba a llamar si pensaba que no había nadie en clase, que estaban todos en el taller?–. Contesté yo.
–Salga de la clase y llame para solicitar permiso para entrar–.
Salí, cerré la puerta y llamé.
–Adelante.
–¿Se puede?–. Pregunté.
–Adelante. Adelante. Así está mejor. Ahora váyase a otra clase que aquí no puede estar–.
Enfurecido le dije:
–Me ha mandado el padre Hernández que venga a la clase, mientras la clase de taller y...
–Y yo le digo que se vaya, así que coja los bártulos y lárguese.
Será desgraciado, pensé; además de otras cosas más gordas. No había más que hablar. El que manda, manda; y en esta ocasión el que mandaba era él. Así que salí de clase dando un portazo y acordándome de…
Espinel se había convertido en el ser más odiado por mí de toda la tierra y yo me había convertido desde aquel día en carne de cañón para él; una víctima para el final de curso. En junio me despachó con un 4. Puede que lo mereciera… y puede que no.
Aprobé el taller en septiembre aunque también me tocó sufrir el carácter de este señor.
De todos modos diré que si me hubieran expulsado del colegio por lo del cobre, habrían cometido una injusticia, porque yo no había robado nada de nada, y esto lo digo ahora que no tengo ninguna responsabilidad y que no me pasaría nada si dijera lo contrario. No trato de salvar mi reputación pues esto ocurrió hace ya muchos años y mi vida de entonces no tiene nada que ver con la de ahora. YO NO ROBÉ NADA. Jamás vendí un gramo de cobre.

 

Carlos Valentín Gil

-Septiembre 2015

 



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