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CRISTO REY DE VALLADOLID



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RECUERDOS DE FERNANDO MARTINEZ GONZÁLEZ- VERANEOS EN SANTANDER

 

Veraneos en Santander

 

Al llegar estas fechas de verano, mis recuerdos se trasladan a Santander y fue la primera vez que vi el mar.

Todos los años, desde 1947, nos trasladaban a Santander, a una finca comprada con donaciones en la Avenida Menéndez y Pelayo de esta ciudad.

(La principal donación era de un señor de Santander, con la idea de que se hiciera en esta ciudad otro Cristo Rey, al estilo del de Valladolid).

El terreno era una pronunciada cuesta y bajaba hasta la calle Tetuán. En la parte alta se construyó un edificio de unos 40 metros de fachada, de tres pisos que al estar en una cuesta eran cuatro o cinco.

El resto del terreno sin cuidar y en la parte baja, en la calle Tetuán, una pequeña nave, que era el lavadero.

Pasábamos los meses de julio y agosto y nuestras actividades eran las siguientes: por la mañana, después de misa y desayuno a la playa, que generalmente era La Magdalena que nos pillaba más cerca, vuelta al colegio, comida, siesta y por la tarde salíamos de paseo o jugando en el terreno del colegio.

Otro compañero y yo, hicimos amistad con una familia enfrente del colegio, en la Cuesta del Soldado Alejandro García y allí pasábamos muchas tardes, con unas amigas y sus padres, que eran los porteros de la casa.

Algunas veces, pocas, según los medios económicos íbamos al cine por nuestra cuenta. Para lograr tener algún dinero, nos dedicábamos algunos a hacer collares con las caracolas que cogíamos en la playa de La Magdalena. Los cordeles, cuentas de colores, agujas y cierres, (algunas veces no había para cierres y atábamos los cordeles), los comprábamos en una mercería al principio de la calle Tetuán. Luego los vendíamos por la zona de La Magdalena, Puerto Chico y el Sardinero. (En alguna ocasión en la explanada de la estación, si habían montado el circo).


La playa de La Magdalena, estaba situada en una especie de cala y había que bajar por unas escaleras.

Cuando subía la marea, desaparecía la playa y nos tocaba ir a pasear o ir a la de El Sardinero que estaba más lejos.

Cuando la marea era baja, nos bañábamos, jugábamos y después en unas rocas que había al final de la escalera, buscábamos caracolas, lapas y algunas veces, con unos ganchos, sacábamos algún pulpo pequeño, que nos lo compraban la gente que iba a cogerlos.

Uno de los años, creo que fue en 1948, nos llevaron por grupos y durante quince días, a un campamento de Falange en la playa de Somo, adonde nos trasladaron en barco desde el antiguo Puerto Chico.

Lo pasamos de maravilla, sobre todo con las comidas, que eran estupendas, los juegos y por la noche, el fuego de campamento, antes de ir a dormir, con canciones, chistes y otras actuaciones alrededor de una hoguera.

A Santander nos llevaban en camiones, salvo una vez que fuimos en tren y de este viaje recuerdo una canción que cantábamos:

Adiós Pucela entera, adiós ciudad querida,
tus calles y tus plazas y todas tus avenidas.
Adiós Pucela hermosa, que te vaya bien,
Dios quiera que otro año no tengamos que volver.
Allá en el tren juntitos iremos,
y nuestras penas atrás dejaremos.
Más adelante debemos de gritar y vocear,
que somos madrileños que de Pucela se van...
y no volverán jamás.

(Eso era lo que cantábamos, pero en realidad yo he vuelto cuatro veces de visita a Valladolid desde 1950 que salí de las Escuelas).


El último año, 1950, ya no fui, ya estaba de superior el Padre Mariano, que al año siguiente vendió la finca, para pagar alguna deuda y ampliar las instalaciones de Cristo Rey.

Muchas son las correrías e historias que se podían contar de esos años, pero con lo expuesto vale.

Un saludo,

 


Mas cosas sobre Santander ....

En primer lugar, contar que a Santander no solían ir todos los alumnos.

Algunos se marchaban con sus familias, otros se quedaban castigados, bien por problemas de estudios o por mal comportamiento y en algunos casos por estar trabajando, estudiando o atendiendo los mayores el colegio.

Con lo mencionado, quedaba bastante reducido el grupo de los que iban a Santander.

Recuerdo que el verano de 1948, nos llevaron de excursión al Monasterio de Santa María de Viaceli, en Cóbreces, disfrutando como críos que éramos viendo las vacas, como las ordeñaban y como hacían los quesos. (En la actualidad, los monjes siguen haciendo el que de La Trapa, pero ya no tienen vacas y la leche se la proporcionan otros ganaderos de la zona).

Dormíamos en una nave con colchonetas en el suelo y correteábamos y jugábamos por una zona de manzanos, que creo recordar eran para hacer sidra, algo ácidos pero a nosotros nos sabían a gloria.

Puede que en esta excursión, ya estuviese madurando el Padre Cid la idea de cambiar de orden, de jesuita a trapense.

El año 1950 yo ya no fui a Santander por mi trabajo en la ebanistería de Miguel Trapote, en la calle Arribas. El traslado a Santander era en julio y yo trabajaba ese mes.

En agosto, un día nos levantaron de madrugada y después de lavarnos, nos llevaron a una zona sembrada de garbanzos ya secos, situada paralela a la carretera de León (hoy Avenida de Gijón),en donde en la actualidad esta la zona de entrada al Instituto y hasta donde creo que están las naves de talleres de mecánica.

Nos pusieron un chico en cada hilera o surco, arrancando las matas y depositándolas en unos serones que otro chico llevaba al lado.

No se si conoceréis la planta del garbanzo, pero esta llena de pequeños pinchos que nos dejaron las manos hechas una pena, hinchadas y doloridas.

 

Algunos, cuando encontraban una mata que no estaba seca del todo, se comian los garbanzos verdes, lo que les produjo unos fuertes cólicos y otros cayeron enfermos con insolación.

Yo tuve la suerte de no gustarme el sabor de los garbanzos verdes y también de librarme de la insolación.

Os mando un plano de Santander para que conozcáis la situación del Colegio Cristo Rey Santander. En la actualidad, en el Paseo Menéndez Pelayo hay una gran edificación con jardín y piscina y en la parte de abajo, en la zona de la calle Tetuán, un parking al aire libre y en la derecha un Centro de Atención Médica.

También os mando , una foto del Monasterio de Cóbreces, que fue restaurado por el Padre Antonio Fernández Cid. Ya como trapense se llamaba José Fernández Cid o Fray José, al poco de ingresar en la Orden.


 

 


Monasterio de Cóbreces, (Cantabria)

 

Fernando Martínez González

Julio de 2017




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