INSTITUTO POLITÉCNICO

CRISTO REY DE VALLADOLID



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Aquellos inolvidables años (capitulo 7)


¡Jesús, qué cruces!

Otro de los castigos que había, y no por fumar, sino por dar guerra en clase era el de quedarse a estudiar los sábados y domingos. Cada clase tenía un delegado. El nuestro era un chico de Cabezón de Pisuerga. Repetidor. Era un poco fantasmilla. Los castigos venían como consecuencia de las cruces que te ponía el delegado por dar guerra en clase. Siempre estaba controlando a ver quién se movía o hacía alguna cosa rara para ponerle una cruz. Disfrutaba poniendo cruces.

Mi ficha era un cementerio la mayoría de las semanas. Yo era bastante inquieto, pero es que éste, a la más mínima te arreaba una cruz, y si protestabas era peor porque te añadía alguna cruz más al expediente. Total, la mayoría de las semanas me tocaba quedarme a estudio los sábados por la tarde. Qué martirio. Qué aburrimiento.

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El cine

Ir al cine, muchos días era un problema, bien de dinero –entonces nuestros bolsillos estaban más vacíos que llenos– o bien por nuestra edad. Nos gustaba ir a ver de vez en cuando alguna película para mayores de 18 años. Ninguno los teníamos, pero yo, como era el más alto me encargaba de dar las entradas al portero. Si sólo se fijaba en mí, pasábamos; pero si se le ocurría mirar a los propietarios de las otras localidades... estábamos apañados porque el único que podía pasar un poco por alto era Antolín, que ya tenía un poco de pelusilla en el bigote. Muchos días nos tocó vender las entradas porque no nos dejaban pasar, con la consiguiente desilusión de todos.

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Estrecheces

Mi madre me mandaba un talego todos los sábados y le dejaba en Información en el colegio. Dentro del talego iba la ropa limpia, algún choricico del pueblo para pasar menos hambre y la propina, envuelta en un sobre usado: diez duros.

¡Qué poco duraban! Ninguna semana me llegaban hasta el sábado. Casi todo me lo gastaba en el fin de semana: mi cajetilla de Celtas, el cine o los futbolines, algún pastel que otro, y adiós. Si a esto se sumaban las desgracias, a ver qué hacías.

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¡Qué cabrón!

Un día en el Campo Grande, estábamos jugando en los columpios, prohibidos para nosotros por ser “mayores”, y cuando dejamos los columpios cruzamos por el medio de un jardín. Nos vio el guarda y nos echó el alto. Echamos a correr pero yo tardé en arrancar, y después de amenazarme con la escopeta, me cogió y me puso una denuncia de diez pesetas. Mi bolsillo no andaba bien, pero acababa de recibir el talego de mi madre y tenía dinero fresco; sí, tenía las diez pesetas para dárselas a aquel cabrón. A saber donde fueron a parar los dos duros. Seguro que al Ayuntamiento no.

Mi economía sufrió un revés tremendo. ¡La madre que le parió al dichoso guarda! Le podía haber echado la multa a su padre, porque más culpa tenía su padre que yo, de que él fuera tan idiota.

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El moro

Un día, Rafa, Antolín y yo, nos fuimos al barrio de la Rubia, donde todavía quedaban resquicios de las ferias, y había algunas atracciones. Allí nos abordó un hombre mayor, de tez morena, presumiblemente de origen marroquí, que nos dijo: “Vinti duros in un minuto y da pol culo”.

No le entendimos nada. Unos instantes después, Antolín le dijo que repitiera lo que había dicho. El morito repitió: “Vinti duros in un minuto y da pol culo”.

Al momento, siguiendo el consejo de Antolín, salimos de allí como balas, y cuando estuvimos un poco alejados, nos paramos. Antolín nos dijo:

–¿No le habéis entendido?

–No–. Le contestamos Rafa y yo.

–¡Quería saciar sus apetitos carnales con nuestros traseros. Lo que nos decía era que nos daba veinte duros por darnos por el culo en un minuto.

–Joder. De buena nos hemos salvado–.

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El Real Valladolid

Los domingos, cuando jugaba el Real Valladolid, nos íbamos al viejo Estadio Zorrilla. No teníamos dinero para sacar la entrada, así que había que intentar colarse. Los curas del colegio nos proporcionaban un pase para ver un partido una vez al trimestre, por lo que si querías ver fútbol de categoría, no había otra solución.

No lo hacíamos mal. Casi todos los domingos lo lográbamos. Burlábamos a los porteros con bastante facilidad. Algunas veces nos tocaba correr por entre los espectadores que ya estaban acomodados; entre los que sí que tenían dinero para pagar la entrada, o eran socios; porque se había dado cuenta el portero de que nos habíamos colado. Era un riesgo para él, porque mientras iba detrás de uno que se había colado, y que al final no cogía, se le colaban todos los demás.

Cuando era un partido importante, de gran afluencia de público, “doblaban la guardia”, colocaban más porteros para evitar que la gente como nosotros se colara, pero ni aún así. Lo intentábamos por todas la puertas de acceso al estadio hasta que conseguíamos nuestro propósito; aquello me divertía mucho, era una gozada. Sentía más emoción viendo un partido de aquéllos que cualquiera de los de ahora.

Cuando acababa el partido nos volvíamos a reunir. Cada uno contaba su hazaña de infiltración. Comentábamos las jugadas que más nos habían gustado del partido, los goles, los resultados del marcador simultáneo “Dardo”.. Vamos, igual que ahora, pero sin pensar en la quiniela. Entonces eran muy pocos los que tenían dinero para permitirse el lujo de jugar a las quinielas, y menos nosotros.

Acabado el fútbol, nos íbamos a dar un paseo por la ciudad.

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Empujad otro poco

Un día paseando por la orilla del río, al lado de la Playa de las Moreras, se nos acercó un señor, gallego para más señas, que nos pidió por favor que le empujáramos el coche porque no le arrancaba. Se le habían abierto, le habían robado y le habían averiado el coche. El tío blasfemaba y maldecía. Insinuaba que le habían advertido que Valladolid tenía fama de que había muchos ladrones y carteristas. Le habían dicho la verdad desgraciadamente.

Empezamos a empujar el coche, una y otra vez, y otra vez y otra vez, de un lado a otro. Ya llevábamos hora y media empujando. Sudábamos como patos y el señor no cejaba en su empeño. Al fin se convenció de que no había manera de arrancar aquel trasto. Nos dijo que dejáramos de empujar y nos dio la propina. Nos dio un billete de veinte duros y nos dijo que le devolviéramos diez duros, que nos daba los otros diez de propina. No se había dado cuenta de que si nosotros hubiéramos tenido diez duros no habríamos estado paseando. Creo que en ese momento no habíamos juntado ni cinco duros entre los cinco.

–Bueno, quedaos con todo. Al fin y al cabo os habéis pegado buena chaqueta. Y gracias–.

Sudorosos pero contentos, nos despedimos del gallego y comentando el caso nos fuimos a dar buena cuenta del billete a la sala de juegos de la Juventud Josefina, que se encontraba cerca de allí, en la parte posterior de la Iglesia de San Benito. Ahora que lo pienso detenidamente; ¿no sería una broma de mal gusto la que nos gastó aquel individuo?

Alquilamos un par de mesas de ping-pong y allí invertimos nuestros “empujones”. Por lo menos lo invertimos en una cosa en la que estábamos todos de acuerdo.. A todos nos gustaba mucho el tenis de mesa. Además habíamos decidido no hacer ningún reparto.

La prueba de nuestra afición al tenis de mesa es que jugando a ratos como ese fuimos aprendiendo a desenvolvernos en este deporte, y al año siguiente ya éramos unos buenos practicantes; sobre todo Rafa, que era un fenómeno. Rafa ya sabía jugar cuando fue al colegio. Yo no había jugado nunca.

Dos años más tarde, éramos los cinco, componentes del equipo de Cristo Rey, junto a alguno más, los federados en el Campeonato Infantil de Valladolid.

Yo era de los peores, pero me gustaba mucho jugar y además me sentía muy feliz, porque hasta en el deporte estábamos los cinco amigos juntos.

¡Qué ratos!

 

 

El cine del colegio

Los sábados después de cenar nos echaban películas de cine en el colegio: “Sonaron cuatro balazos”, “El baile de los vampiros”, etc. Aquí empezó mi gran afición al séptimo arte. La mayoría de las películas eran del Oeste: John Wayne, Gary Cooper, y toda esa generación que tanto han deleitado a grandes y a chicos con esas bonitas películas. El cine costaba un duro. Una insignificancia. A pesar de todo, también intentábamos colarnos. Lo de ver las cosas por la patilla se había convertido en vicio, era como una droga para nosotros. Aquí era más difícil, por lo que la mayoría de los días nos tocó pagar el duro, muy a pesar nuestro.

El proyector que tenían los curas era más viejo que la pana. Hacía mucho ruido. Cada dos por tres se paraba. Si a esto añadimos el que cada vez que se oía el menor ruido, el hermano Mayordomo –encargado del proyector–, lo paraba y no lo volvía a poner en funcionamiento hasta que hubiera absoluto silencio, con la consiguiente advertencia de que si volvía a suceder no nos pasaba más película; y que cada vez que salía una mujer en la pantalla con un poco de escote, cortaban la escena, aunque no tuviera el más mínimo signo de frivolidad...

Pero aún así pasábamos las noches del sábado, antes de irnos a la cama, entretenidos.

 

Carlos Valentín Gil

Julio - 2011

 

 

 

 

 

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