INSTITUTO POLITÉCNICO

CRISTO REY DE VALLADOLID



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AQUELLOS INOLVIDABLES AÑOS - CAPÍTULO IV

La cagada

Dormíamos en unos dormitorios comunes de un edificio que constaba de una planta baja, donde estaban las Escuelas Primarias; la primera planta donde estaban los del curso superior al nuestro, Primero de Oficialía, y en la segunda planta estábamos nosotros, los de Primero y Segundo de Iniciación.

Un día nada más sonar el silbato para levantarnos, al despertarme, me asombré de lo que estaba viendo. Era una grandiosa “cagada” en el suelo, pegando a la cabecera de mi cama. Supongo que soltaría un gran taco como exclamación. Enseguida se corrió la voz. Menudo cisco se preparó.

Pronto se enteró el padre Félix, nuestro Prefecto, y se presentó en el lugar de los hechos. El padre Félix mirando aquel monumental excremento me recuerda el chiste del cura subiendo por las escaleras de un edificio en el que en el último piso se topa con una cagada asombrosa. Es irreverente; por eso no le cuento. El que le sepa entenderá perfectamente el comentario.

En ese momento empezaron las investigaciones. ¿Quién habrá sido? Enseguida se pensó en los más rebeldes, pero no había pruebas que pudieran delatar a nadie, mejor dicho, no había testigos porque las pruebas allí estaban bien claras.

Si he de dar mi modesta opinión, a mi juicio, eso lo hizo alguno que se levantó sonámbulo, y en vez de hacer sus necesidades en el servicio, no le dio tiempo y lo soltó allí, justo a la cabecera de mi cama. Qué casualidad, mira que éramos gente, pero me tuvo que tocar a mí.

El resultado de la investigación no dio frutos positivos. Se buscó como presuntos culpables a los que las armaban continuamente. El prefecto preguntó por Zarzuelo (mi rival del canuto). Ya no estaba en el dormitorio. En ese momento se acrecentaron nuestras esperanzas de desayunar, pues nos habían dicho que si no aparecía el “defecador” nos quedábamos sin desayunar.

Bajé a buscar a Zarzuelo. Le encontré enseguida. Sabía que estaba fumando un cigarro en los servicios de los talleres. Lo hacía todos los días. Le gustaba fumar hasta en ayunas. Le dije que preguntaba el prefecto por él. No le dije el motivo. Subimos al dormitorio, pero el misterio no quedó desvelado. Zarzuelo negó rotundamente haber sido él. Conclusión, el caso se metió en el departamento de asuntos archivados y nosotros ese día empezamos las clases con el estómago vacío.

Qué sensación más desagradable. Tener hambre y lo único que te venía a la mente era el motivo de aquel hambre, la “jodida cagada”.

Vaya mañana que pasamos, no hacíamos más que mirarnos los unos a los otros, sin hablar; nos consolábamos sólo con la mirada y el desafinado ruido de nuestras tripas vacías.

 

A correr en pijama

El dormitorio era un lugar sagrado. En cuanto se apagaban las luces había que guardar absoluto silencio; de lo contrario venían los castigos; castigos duros, por cierto. Castigos que pudimos comprobar unas cuantas veces, porque, había que reconocer que éramos unos chiquillos y como tal actuábamos. No valían amenazas. Nos avisaban que teníamos que guardar silencio, que nos iban a castigar y hacíamos caso omiso. Nos volvían a avisar, y seguíamos haciendo el mismo caso de la advertencia. Como la paciencia llega a un límite, la de nuestro Prefecto no era ilimitada; explotaba, se enfadaba, daba las luces y decía:

–Poneos unas zapatillas que vamos a hacer un poco de ejercicio–.

Y en pijama y en pleno invierno, bajábamos a los campos de fútbol a dar unas cuantas vueltas corriendo. ¡Qué putas las pasábamos!... Pero nosotros lo buscábamos, nosotros lo encontrábamos y nosotros lo pagábamos. Era uno de los castigos más duros que nos daban, porque la carrera podía durar media hora, una hora o lo que se le antojase al padre Félix.

Carlos Valentín Gil

-Diciembre 2008-

 

 

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