INSTITUTO POLITÉCNICO

CRISTO REY DE VALLADOLID



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Otra vez Don Emilio

Hace unos días vino a visitarme Miguel Prieto. Está de gira por toda España con su esposa y otros dos matrimonios mexicanos. Estuvimos almorzando y tras la sobremesa, mientras las mujeres decidieron irse de compras, Miguel, Salvador -uno de sus amigos mexicanos- y yo decidimos saborear Valladolid callejeando, pateando Plaza Mayor, Angustias, Plaza de la Universidad, Plaza de Santa Cruz, Calle Colón... Estábamos en la Plaza de Portugalete, al abrigo de esa nuestra catedral que quedó incompleta como la famosa sinfonía de Schubert, cuando junto a nosotros pasa un hombre menudito, con poco pelo, triste en su expresión y hasta meditabundo me atrevería a decir. En un acto reflejo de esos que yo poseo para con lo relacionado con Cristo Rey dije:

-¿Es Zamora?-; y le llamé: -¿¡Zamora!?-.

Nuestro protagonista se volvió, nos miró sorprendido y nos dijo: -Sí. Yo soy Zamora. ¿Y vosotros quiénes sois?-.

Nos presentamos y durante ¿30 minutos? estuvimos recordando algunos pasajes de nuestra vida en el colegio. Él por desgracia no tenía buenos recuerdos. Nos contó qué profesores o curas le habían sacudido tres veces en el colegio sin saber el motivo. Que él sólo había estdo en primero y segundo de oficialía y que luego se tuvo que buscar la vida como pudo. Ahora es bancario como yo. Trabaja en el BBVA.

Pero el "chiste" de la cuestión, que dice mi amigo Miguel, es que a pesar de no tener buenos recuerdos de aquella época, al hablar con nosotros poco a poco le iba cambiando la cara y su semblante se iba volviendo risueño. Le hablamos de nuestra Asociación y nos dijo que alguien se lo había comentado. Anímate, le dije. No sé, me respondió. De todos modos te voy a dar mi correo electrónico y me das un toque.

Le comenté que yo había escrito mis memorias de los seis años que estuve interno en el colegio, y que en una de mis "historietas" aparecía él. Le comenté lo que había sucedido pero él no recordaba nada; así que adjunta a esta introducción voy a escribir lo que aconteció aquel día cuando cursábamos primero de oficialía:


Otra vez don Emilio

Nos seguía dando clase de F.E.N., don Emilio. Seguían los mismos métodos a la hora de hacer los exámenes. Seguía envejeciendo a pasos agigantados, y nosotros para no perder la costumbre le seguíamos haciendo putadas casi todos los días.

Un día, cuando se dirigía a nuestra clase, que se encontraba al final del pasillo, al lado del cuarto de nuestro padre espiritual, el padre Novoa, se asomó un compañero, apellidado Zamora, a la puerta, para ver si venía don Emilio. Claro que venía, ya estaba muy cerca de la puerta; había gran alboroto en clase, y Zamora dio la voz de alarma:

-¡Que viene “el Pata”!

Que viene, no. Que ya estaba en la puerta. Nada más entrar en clase echó una ojeada por el entorno y se dirigió hacia Zorita. Estaba sentado en su pupitre tan tranquilo. Le cogió del cuello, le tiró para atrás hasta que su cabeza apoyó en el asiento contiguo –los pupitres eran de dos plazas- y le gritó con gran furia:

-¿Qué has dicho muchacho?

-Yo no he dicho nada, don Emilio-. Dijo llorando amargamente.

-¿Cómo que no has dicho nada?-. Insistió don Emilio apretando cada vez mas sus manos en el cuello de Zorita.

-Que yo no he dicho nada, don Emilio, que yo no he dicho nada, que yo no he dicho nada.

Don Emilio no le soltaba el cuello, apretaba cada vez más. A Zorita ya se le estaba congestionando la cara. Don Emilio insistió:

-Pero, ¿cómo que no?, si te he visto yo asomado a la puerta-. Y seguía apretando.

Y Zorita:

-Que yo no he sido don Emilio, ¡ay, ay, ay!, que yo no he sido. ¡Aaaggg!

Como no le sacaba nada, determinó soltarle. Zorita seguía llorando amargamente, muy asustado; estaba himplado y no había manera de que calmara su llanto.

-Bueno, muchacho, no te preocupes; si tú no has sido no tienes por qué ponerte así. Cálmate ya muchacho-. Y empezó a echar maldiciones poniéndonos a parir a todos.

Había que comprender que muchas veces, nuestras niñerías o bromas, no eran otra cosa que salvajadas; y siempre pagaba el pato el mismo, don Emilio. Le hacíamos muchas faenas escudándonos en la masa; era de la única manera porque a la cara nadie se atrevía, todos le temíamos.

Esa fue la anécdota más digna de contar en el curso de 1º de Oficialía en clase de Formación del Espíritu Nacional. Por cierto, ahora que lo pienso detenidamente y viendo lo que hacíamos, ¿cuál era nuestra formación del espíritu nacional o cuál era la formación del espíritu nacional que pretendían que tuviéramos????

 

Carlos Valentín Gil

22- Septiembre -2010

 

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