INSTITUTO POLITÉCNICO

CRISTO REY DE VALLADOLID



 


RECUERDOS DE FERNANDO MARTINEZ GONZáLEZ

RECUERDOS DE CRISTO REY

Por Fernando Martínez


Estimados amigos:

Tengo ahora 80 años e ingresé en las Escuelas de Cristo Rey en 1945.


Cuando ingresé sólo había en el colegio el chalet con el mural de azulejos de Cristo Rey, la nave larga donde estaban la cocina, la despensa, el comedor y la sala de actos y lectura. También las clases, el campo de fútbol, un pinar de tres o cuatro pinos y al lado, el campo de baloncesto, todo de tierra. Por ese tiempo se inauguró la iglesia (8/XII/1946) y el edificio en forma de "L" donde estaban los dormitorios.

Más tarde se hizo la piscina y al final de la finca, la casa de Ejercicios Espirituales.

Entre las actividades que desarrollé en el colegio, están las de monaguillo, lector de la iglesia y algunas veces en el comedor de los padres, monaguillo en la Casa de Ejercicios y dibujante en los encerados de varias clases, sobre todo en la mía en la que ejercía de maestro D. Juan Gil y Zamora.

También pertenecía al coro y ayudaba todos los años a montar el Belén en el salón de lectura y juegos.


Al padre Antonio Fernández Cid:


Tengo trémula la voz.

Soy ahora tan pequeño,

pero no cejo en mi empeño

de entregarte el corazón.

Soy, lo sé, insignificante,

una oveja en tu redil,

un balido entre otros mil

de tu concierto gigante.

Mas por pobre

y por oscuro,

porque tengo que callar

a mi corazón maduro.

Y es maduro el corazón

que tú mismo has madurado,

te lo entrego, es el legado

humilde para el pastor.

De venturas te deseo

tantas y tantas, sin cuento,

que el Señor que estará atento

te premiará desde el cielo.

Sigue, sigue Padre Cid,

en tu heroico caminar,

que tu eterno descansar

será en el Bien Infinito.

Cuando veas ingratitud,

sigue por Dios adelante,

que para tu obra gigante

hay un testigo en la Cruz.


Valladolid 1948.


Escrita por un profesor laico del colegio. Recitada en la despedida del padre Cid por Fernando Martínez.


Mi principio en Valladolid


Corría el año 1945 y yo estaba interno en el Colegio de la Medalla Milagrosa en la ciudad de Ávila.

Un día por primavera, algún alumno rompió una imagen que decoraba una columna de un pasillo del edificio antiguo.

Ante tal estropicio, la directora, Sor Eulalia Cordero, que tenía un genio de mil demonios, montó en cólera y sin pensarlo dos veces, expulsó del colegio a todos los chicos.

Como la mayoría eran de Madrid, algunos tomaron la carretera hacia la capital, otros hacia el este, el norte y el oeste, quedando bastantes deambulando por la ciudad de Ávila. Yo como tenía unas amistades en la ciudad, en la Pensión Piquío, me fui a dicha pensión y cuando se lo conté a la dueña, ésta se dirigió a la tienda de otro amigo de mi familia, dueño de la Camisería Losada y juntos conmigo fueron a ver al Gobernador Civil.

Éste ordenó inmediatamente a la Policía Nacional (entonces "los grises"), a la Policía Municipal y a la Guardia Civil que localizasen a los chicos. La Policía Nacional y Municipal, por la ciudad y la Guardia Civil, por las carreteras. Se logró localizar a todos.

Ignoro lo que le dijeron a la Superiora, pero a los pocos días, me mandó llamar para comunicarme mi traslado debido a mi edad, a Valladolid, a un colegio de jesuitas. Días después, una monja me entregó en las Escuelas de Cristo Rey al padre Antonio Fernández Cid.

Al principio de mi estancia en el colegio, me costó muchas lágrimas, (tenía 10 años), no tenía amigos, estaba muy triste y me daban miedo aquellas personas altas y vestidas de negro.

Mi consuelo estaba en permanecer en la sala de juegos y leer los pequeños libros de la estantería-biblioteca, sobre todo los de Emilio Salgari.

Un día me comunicaron que pasara por el despacho del padre Cid, allí me presenté, y éste me preguntó qué me pasaba, que le habían comentado lo triste que estaba, que no tenía amigos y mis continuos lagrimeos.

Yo no sabía qué contestar, pero saqué fuerzas y ánimo y le expliqué al padre Cid, lo que ocurría, "que estaba asustado por los curas".

Al preguntarme si me habían pegado, le respondí que no, pero que recordaba que en mi casa, cuando hacía alguna travesura, me regañaban y me decían que "era más malo que los jesuitas".

Al padre Cid debió hacerle gracia mi espontaneidad, sonrió, me dio un caramelo y me dijo que ellos no eran malos como la gente creía y decía.

A continuación llamó a otro padre y le dijo que me presentase a un grupo de chavales de los buenos, puesto que en el colegio había de todo, y a mí que me animase a portarme bien, estudiar y procurara divertirme.

Unas semanas después, me volvieron a llamar al despacho del padre Cid, pero antes bajamos al sótano del chalé donde estaba el ropero, me lavaron, me peinaron, me pusieron ropa interior limpia y también un traje de los que usábamos para las grandes ceremonias.

Cuando subimos al despacho del padre Cid, me encontré con mi madre y el que más tarde sería mi padrastro. Sentados ante el padre Cid, éste les relató el encuentro que habíamos tenido semanas antes y lo que le dije de los jesuitas. A mi madre le cambió el color de la cara y mi padrastro sonrió de lado.

El padre Cid les comentó que no tenía gran importancia y que él ya sabía lo que se solía decir de la Orden. Me dio el día libre para que lo pasara con mi familia y salimos del colegio camino de la ciudad.

En el camino mi madre me reprendió severamente, que no tenía que haber dicho eso y que tampoco era así como me decían en casa. No era "más malo que los Jesuitas" sino "más falso que los Jesuitas".

Puede que este episodio con el padre Cid influyera para que me portase bien porque en cuatro años que estuve con él, no recibí nada más que dos "tortas zamoranas".

(Ya os contaré como eran las "tortas zamoranas").


Croquis del colegio


Uno es un croquis a mano alzada y de memoria de lo que era el colegio en mis años (1945-1950), me supongo que ya lo tendréis.




El sacrilegio


Amaneció un día como otro cualquiera (puede que fuese en 1948).

Después de lavarnos, al ir a misa, observamos un gran movimiento entre los sacerdotes del colegio y al entrar en la capilla vimos al padre de la Fuente rezando y llorando ante el altar mayor.

El motivo era que bien por la tarde o al anochecer, alguien había entrado en la capilla, había abierto el sagrario y se había comido todas las Hostias Consagradas.

La reacción del padre superior, (creo que ya era el padre Mariano), fue un castigo general, pero por la súplica del padre de la Fuente no se hizo nada.

Se pasó el día casi normal, sólo que, en lugar de recreos, lo pasamos en la capilla rezando junto al padre de la Fuente.

No se pudo aclarar quién pudo ser el autor.



El día más largo de Cristo Rey


Para empezar os diré que no puedo recordar la fecha, pero fue con motivo de inaugurar algo, (la capilla no, seguro).

Pudo ser la piscina o los nuevos dormitorios. Ese día, la dirección del colegio organizó una recepción, a la que asistieron algunas personalidades de Valladolid.

Después de los actos y ya por la tarde, a la hora de despedirse los invitados, una señora comunicó al director, (creo que ya era el padre Mariano) que le había desaparecido de su bolso un monedero.

El revuelo fue mayúsculo e inmediatamente nos comunicaron que hasta que apareciese el monedero, estábamos castigados sin comer.

La noche se pasó dentro de lo que cabe bien, pero al día siguiente, sin desayunar ni comer, la tarde se hacía eterna y el estómago se "quejaba".

Paliamos algo el hambre, comiendo unas hierbas silvestres que creo se llamaban "averbajas" o así las llamábamos nosotros.

A media tarde se recibió una llamada en el colegio de la señora que denunció el robo, pidiendo que la perdonaran por no llamar antes, pero que el monedero se lo había dejado en su casa.

Por fin, esa noche pudimos cenar y nos dieron doble ración.

Así acabó "el día más largo de Cristo Rey".

Todo lo que os cuento es realidad y no es por criticar a los sacerdotes que dirigían y enseñaban en el colegio, pues gracias a sus enseñanzas he podido defenderme en la vida y tener una posición bastante desahogada.


Cosas de 1945-1950



En mi época (1945-1950) nos levantábamos a toque de silbato muy temprano. Lo primero, después de lavarnos y vestirnos, era ir a misa. A continuación, en la zona de baloncesto, izar banderas en un mástil con las tres enseñas clásicas, la de España, la de Falange y la Requeté.

A continuación el desayuno, consistente en un tazón de leche y malta con un cuarto de barra de pan. (La barra de ración era de unos 20 o 25 centímetros).

Después pasábamos a clase. (Eran siete clases). De los profesores seglares todos, sólo recuerdo al mío, Juan Gil y Zamora y uno llamado Teodosio.

Llegada la hora de la comida, entrabamos al comedor en silencio, se rezaba y empezaba la comida, consistente en un plato, según la época, de garbanzos, lentejas o judías y algunas veces arroz, ¿con carne?

De segundo, normalmente bonito en escabeche, (Una cucharada por barba).

NOTA: Como éramos 6 en la mesa, por nuestra cuenta, cada uno tenía un número y el 1 se comía, el lunes, lo de los seis, el martes el 2 y así sucesivamente. Los domingos eran cosas especiales. Pan: un tercio de barra.

De postre, la mayoría de las veces, eran higos secos, normalmente sin aplastar.

Otra nota: los garbanzos algunas veces estaban casi crudos y los utilizábamos como balón para los partidos de chapas.

Por la tarde, sobre todo en verano, un rato de siesta y después juegos.

Algo de estudio, ensayos del coro, clase de religión, más juego y a cenar después del rosario. A media tarde, la merienda, consistente en un cuarto de barra y una onza de chocolate.

En uno de los relatos de Carlos Valentín, mencionó el ir al fútbol a ver al Valladolid. En mi época, íbamos con pases que mandaba el club y sellaba el colegio. Al final de mi estancia, los pases se imprimían y sellaban en el colegio.



Un día de fútbol


El día 2 de julio de 1950, la actividad del colegio se vio alterada por un importante acontecimiento.

Por la tarde, se retiraron las mesas del comedor y se colocaron los bancos en varias filas. En un aparador, se colocó un aparato de radio. Casi todos ocupamos nuestro sitio en los bancos y sobre las siete de la tarde comenzó el gran acontecimiento.

Empezaba Matías Prat a radiar el partido de fútbol España-Inglaterra del Mundial de Brasil 1950.

En un saque del portero Ramallets, el balón cayó a los pies de Alonso, éste centró sobre Gainza que de cabeza pasó el balón a Zarra y éste con decisión colocó el balón dentro de la portería del meta inglés.

El griterío en el comedor del colegio fue de los que hacen época. "España había ganado a los inventores del fútbol".

Ese día, el presidente de la Federación, D. Armando Muñoz-Calero, pronunció la célebre frase, "hemos logrado vencer a la pérfida Albión".



Rodeados de nuestros ídolos


A finales de mayo de 1950, corrió la gran noticia por el colegio. El Real Valladolid C. F. iba a pasar unos días en la Casa de Ejercicios (más tarde Miralar), concentrados para el partido de la final de la Copa del Generalísimo.

En esos días disfrutamos al tener cerca y jugar con nosotros a los héroes que veíamos los domingos en el Estadio de Zorrilla. Solamente fueron tres o cuatro días, pero para nosotros inolvidables.

Tener contacto con el gran portero Saso, los formidables defensas Babot, Lesmes I (Después cuñado de Coque), Lesmes II que triunfó en el Real Madrid de Di Stéfano, la gran línea media que formaban Ortega y Lasala y la delantera formada por Juanco, Aldecoa, Revuelta, el cañonero Vaquero (que por cierto era corto de vista y usaba gafas) y el gran Coque que fue traspasado al Atlético de Madrid y que malogró su carrera al enamorarse y seguir a todas partes, incluso hasta México, a la cantante Lola Flores.

Los padres de Coque tenían una panadería en el paseo de Zorrilla y el mayor de los hermanos Lesmes se casó con una hermana de Gerardo Coque.

Dos días antes del partido, que fue el domingo 28 de mayo de 1950, se trasladaron a Madrid.

Como recuerdo particular, ese día colocaron amplificadores por toda la plaza Mayor para oír la retransmisión del partido contra el Athletic Club de Bilbao. Éste terminó con empate a uno y en la prórroga, Zarra marcó tres goles para los bilbaínos, 4-1.

Como consecuencia de estar tantas horas a pleno sol, que pegaba de pleno, cogí una insolación que me tuvo en la cama durante varios días a base de sulfamidas, y cuando por fin me levanté, no podía tenerme en pie y me tenían que ayudar dos compañeros.

Pero aquello pasó y hoy queda el recuerdo de los días pasados junto a nuestros ídolos futbolísticos.


REAL VALLADOLID C.F. 1950



Nuestro mejor amigo



Cuando entré en Cristo Rey, él ya estaba y era el personaje más querido de todos. Me refiero al perro guardián del colegio, llamado "Leal" (se le menciona en la página 91 del libro "75 años de servicio Escuelas de Cristo Rey"). Nosotros, como niños, decíamos que era un "perro lobo", pero era un pastor alemán.

Generalmente, a pesar del hambre de esa época, (1945), siempre algún chaval guardaba un trozo de pan para Leal, hasta el extremo de prohibirnos los curas que le diésemos comida y nos decían que él tenía la suya y que si le dábamos más, se pondría muy gordo y se moriría.

Participaba en nuestros juegos corriendo con nosotros, aunque en ocasiones no nos gustase, sobre todo cuando jugábamos al fútbol, pues se metía por medio y alguna vez nos pinchaba la pelota al morderla.

Hasta que un día fatal nos despertamos con la noticia de que habían matado a nuestro amigo Leal. Parece ser que se metió por la noche en la finca del vecino, como solía hacer muchas veces y éste, llamado Juan, le disparó con una escopeta. La pena se convirtió en rabia y durante todo el día, lo pasamos pegados al seto que separaba la finca, gritando con verdadera rabia: "asesino, asesino" y "vaya a misa, vaya a misa".

Más tarde, el seto fue sustituido por un muro y ya no hubo ningún perro más en el colegio.


Los partidos solían ser a lo ancho del campo, con un montón de piedras como porterías. Para formar los equipos se usaba el método de "echar a pies" que consistía en que los capitanes ponían los pies, el talón delante de la puntera en una pequeña distancia, un metro y medio, aproximadamente. El que al acercarse no le cupiera el pie, perdía y el ganador empezaba a elegir a los componentes de su equipo, cada vez uno y por orden. Solíamos ser equipos de seis o siete jugadores.

Así se pasaban los recreos de casi todos los días.




Padre Antonio Fernández Cid





Fundador de las Escuelas de Cristo Rey en Valladolid.

BIOGRAFÍA REALIZADA POR FERNANDO MARTÍNEZ GONZÁLEZ

1890: Nace el 2 de diciembre en Villaobispo de Vidriales (Santibañez de Vidriales-Zamora)


1919: Ordenación en Astorga.

Primer destino: Pozuelo de Tábara (Zamora).

Segundo destino: Colegio Preceptoría de Puebla de Sanabria (Zamora).

18 de febrero de 1922: Entra en el noviciado de jesuitas de Carrión de los Condes.

1922: Es destinado al Colegio San José de Valladolid, llegando a ser Director.

1932: Entrega el Colegio de San José al Gobierno de la República.

1936: Funda y dirige el Colegio San José en Curia (Portugal).

1939: Es encargado de visitar a los presos y condenados a ser fusilados en el campo de San Isidro, Valladolid.

Junto con otro jesuita, el padre Nevares, se hizo cargo de una escuela para huérfanos en la calle Muro, número 7, a la que pusieron por nombre Escuelas de Cristo Rey. Este edificio perteneció a Falange, no sé si entonces, pero después seguro, puesto que a él íbamos al cine y a pasar la revisión médica todos los años.

1942: Doña Ramona Sanz Montero, viuda de Federico Tejedor, dona la finca de 14 hectáreas en la zona de La Maruquesa (Valladolid).

Traslada las Escuelas de Cristo Rey a La Maruquesa.

Al principio sólo estaban construidos el chalet y la granja y posteriormente se crearon el comedor, sala de lectura y juegos, cocina, las siete clases que componían las diferentes etapas de estudios básicos, los talleres y el campo de fútbol y baloncesto.

1946: En diciembre de ese año se termina e inaugura la capilla, que más parecía un silo que una iglesia. (Fue una obra del Padre Cid que se pasó de grandiosidad, puesto que una más pequeña habría sido más acogedora y más barata).

1947: Se terminan los dormitorios, un edificio en forma de L, que creo que es lo único que queda en la actualidad, junto con un trozo de valla de ladrillo y la antigua puerta de entrada a las escuelas. En los bajos se habilitaron alguna clase y salas comunes. (Tanto en la capilla como en ese edificio está mi recuerdo llevando ladrillos y carretillas de arena). Anteriormente, dormíamos en la parte alta del chalet.

1948: Se construye la piscina y al final de la finca, la Casa de Ejercicios Espirituales, donde más tarde, Jesús María Burgos instituyó Cristo Rey Miralar.

1949: Deja la Compañía de Jesús y se le concede el cambio a la Orden del Cister (Trapa) en el Monasterio de Santa María de Viaceli en Cóbreces (Cantabria). Le sucede de Director en Cristo Rey el Padre Mariano Rodríguez.

1950-1953: Restaura el Monasterio de Cóbreces.

1954: El Cardenal Quiroga Palacios, arzobispo de Santiago de Compostela encarga la reconstrucción del monasterio abandonado de Santa María de Sobrado a los Trapenses (Cistercienses) de Cóbreces (Santander) siendo enviado el Padre Cid en compañía de otros 5 monjes para su reconstrucción.

1966: el 25 de julio, fiesta del Apóstol Santiago, se inaugura el reconstruido monasterio y comienza la vida monástica en Sobrado de los Monjes, con varios monjes enviados desde Cóbreces.

1967: Se le concede la Encomienda de la Orden de Alfonso X El Sabio (que rechazó) y se le nombra hijo adoptivo de A Coruña.

También se preparó, por estos motivos, un homenaje que también rechazó.

Posteriormente, realizó restauraciones de varios monasterios y casas de religiosas en las provincias de Zamora y León.

Monasterio de Gradefes (León), Benavente (Zamora) y Colegio Misioneras de la Caridad en La Bañeza (León).

1983: Fallece en Cóbreces, el día 5 de marzo. Después de celebrar misa, se sintió mal e ingresó en el hospital, entrando en coma. Se le trasladó al monasterio, falleciendo a las 15:00 horas. Tenía 92 años.

No vio realizada su gran ilusión: restaurar el Monasterio de Moreruela de Tábara (Zamora)



La hora del recreo



El tiempo que teníamos libre o de recreo, bien por la mañana o por la tarde, se dedicaba como es lógico a los juegos, principalmente al fútbol en el cual siempre recuerdo a un sacerdote, que recogida la sotana, jugaba con nosotros y si la memoria no me falla, pues han pasado más de 65 años, era el padre Campos.

De los principales juegos, los más importantes eran: las carreras ciclistas con chapas de botellas en las que poníamos cromos recortados de ciclistas de la época y el recorrido se hacía en la arena marcando con tierra amontonada su perímetro o recorrido.

Otro juego de chapas era el fútbol, marcando el terreno de juego con yeso o hendiduras en la tierra y también poniendo en las chapas cromos de jugadores.

Otro entretenimiento, aunque no servía para nada, sólo por entretenernos, era poner las chapas en la vía del "Tren Burra", que nosotros lo conocíamos como "Mata Burras" y que pasaba por delante del colegio.

Un juego menos conocido y que tenía buena aceptación era el de los güitos o huesos de albérchigos y que dichos huesos los teníamos en varios árboles del colegio, enfrente del edificio en forma de L, que parece ser lo único que queda de aquella época.

El juego de güitos consistía en tener una caja de zapatos y en la tapa hacerle unos agujeros variando el tamaño. Desde un poco mayor del tamaño del hueso hasta el quinto que era bastante mayor, estos agujeros se numeraban desde el uno al tamaño más grande hasta 10 o 20 el tamaño más pequeño. Se marcaba una raya para tirar y según los aciertos, el cajero o dueño de la caja, pagaba. Los que quedaban fuera de la caja eran para el dueño de la caja. Este juego lo presencié más tarde en Madrid, pero con dinero en monedas.







El dibujo lo dice todo, por cierto que es mío.







Las fiestas de la Virgen de San Lorenzo


En el mes de septiembre, Valladolid celebraba su Fiesta Mayor en honor de la Virgen de San Lorenzo.

Puede que fuese en el año 1947, la Feria se instalaba en el paseo de las Moreras,

Desde las Escuelas bajábamos a ver las atracciones, y digo verlas porque nuestra economía no nos permitía montar en el "tiovivo", güitoma, barcas y demás atracciones.

En una explanada enfrente de los Jardines de Poniente, solían instalar la carpa de un circo. Unas veces era el Price y otras el Americano.

Precisamente ese año 1947, el Frente de Juventudes organizó una función especial para niños, a la que fuimos invitados un grupo de Cristo Rey.

Había que ir uniformados con el pantalón gris, la camisa azul y la boina roja.

Marchamos en formación por la carretera de León, (ahora avenida de Gijón), cruzamos el Pisuerga por el Puente Mayor y por todo el paseo de las Moreras, llegamos al circo.

Las gradas estaban repletas de boinas rojas. Después de varios números, salieron los payasos, que si la memoria no me falla eran Pompoff y Teddy.

Al salir Pompoff, giró la vista por todas las gradas y dijo a su compañero: "Teddy, vámonos de aquí que nos hemos equivocado. Nos hemos metido en un "sembrao" de tomates". La carcajada fue enorme.

El último número, estaba dedicado al famoso cantante de boleros, Antonio Machín. Después de cantar alguna canción de su repertorio y dirigiéndose a los asistentes, comentó: Quiero dedicar esta canción, que es la más reciente de mi repertorio, a este grupo de angelitos que tanto me han aplaudido. La canción es "Angelitos Negros".

No se puede narrar el éxito obtenido y creo que se publicó en la prensa de Valladolid.

El circo, creo que era el Price o una sucursal, pues es el que tenía la exclusiva de Antonio Machín por esa época.



G
igantones y cabezudos

(1950)



F
erias en las Moreras



Los melones

Paseando por una de las calles de mi barrio, contemplé un puesto de melones y al verlo me vino a la memoria otro recuerdo de mi estancia en Cristo Rey.

En las escuelas era corriente que cada cierto tiempo se fuera algún sacerdote y vinieran otros nuevos.

No recuerdo el año, podía ser 1946 o 1947, ingresó un padre nuevo, tampoco puedo recordar su nombre. A este sacerdote, le enviaron desde su pueblo una camioneta de melones. El padre ordenó que al día siguiente nos los pusieran de postre todos, sin escatimar en las rajas. Para dejar las cáscaras, mandó poner unos cubos grandes de caucho negro que teníamos en el colegio y colocarlos entre las mesas en el comedor.

Terminada la comida y preparados en pie para salir, entro el padre y se quedó con la boca abierta, exclamando "¡Dios mío, se han comido hasta las cascaras!".

En los cubos no quedaban nada más que los picos que son amargos y también los trozos de golpes, que también amargan.

Qué razón tiene el refrán: "Al buen hambre, no hay pan duro".




Día de Reyes



Salvo un año que fui a Madrid. El resto de las Navidades y Reyes lo pasé en las Escuelas.

Se cita en alguna publicación, el rico turrón, elaborado por la Sra. María, hecho con almendras de la cosecha del colegio. Sería antes de entrar yo en las Escuelas, pues el turrón que yo recuerdo, estaba hecho con cacahuetes. Estaba bueno, pero de almendras, nada.

Al segundo año de colegio, pasé a ayudar a montar el Belén, que se ponía en lo que hasta 1947 fue capilla y luego sala de juego y lectura.

El Día de Reyes, puestos de limpio, íbamos a recoger los regalos al Ayuntamiento, en la plaza Mayor. Entrábamos por un lateral, por la calle Manzana y subíamos al primer piso, donde nos daban nuestro regalo. Generalmente, era un parchís-oca o una pelota mediana, de goma.

En la plaza Mayor, se montaba un mercadillo de trueque, cambiando el parchís por pelota con otros colegios o niños, (parchises había varios en el colegio y las pelotas eran lo que menos duraban. En cuanto chocaban con algún seto, se pinchaban y con el tiempo, perdían aire.

No lo pasábamos mal, pero echábamos de menos a nuestras familias.




El coro de las Escuelas



Se menciona en el libro "75 años de servicio" y en otro libro sobre el padre Cid, “Arquitecto de sueños”, y se trata del coro de las Escuelas.

Se cita al hermano Prieto como director, lo que sería anterior a mi estancia, puesto que cuando yo pertenecí al coro, lo dirigía el profesor Juan Gil y Zamora.

Era de origen asturiano, aunque había pasado varios años en Argentina.

Por sus charlas, conocía yo tanto de Argentina: escudo, mapa, historia y la leyenda del célebre Martín Fierro.

Pero volviendo al tema del coro, este maestro nos enseñó canciones de su tierra, del norte de León y una de origen sefardí.

Creo que fue en el año 1948, cuando actuamos en Radio Valladolid de la cadena SER, que estaba en la calle Santiago, casi esquina a la plaza Mayor.

Cantamos varias canciones, entre ellas la sefardí y una asturiana que decía así:


Baxaben dos alleranos,

los dos calzos con madreñes,

y en Santullano pidieron,

fabes, tocín y morcielles, en dixo mesón,

que tambaina yes tú como yo,

y yo como tú, y semos les dos.

Que tambaina seremus les dos:


Les fabes estaban dures,

morcielles no había nenguna,

el tocín taba en el gochu,

válgame Dios que fartura, en dixo mesón,

que tambaina yes tú como yo,

y yo como yu y semos les dos.

Que tambainas seremus les dos.

Que... tambainas...seremus... les...dos.


La letra está escrita en "bable" y puede que no sea muy correcta, puesto que está dentro de mi memoria desde hace 69 años y seguro que tendrá alguna falta.

Desde luego tuvimos bastante éxito.


Traducción:

- Alleranos = Del pueblo de Aller.

- Tambaina = Tontos o tontainas.

- Fartura = hartura o hartos del castellano antiguo fartura.





El pecado del Padre Cid y cosas que no se han escrito sobre Cristo Rey



Sobre la obra del padre Cid, hay que reconocer y yo así lo reconozco, que lanzarse en aquella época de carestía a alimentar —aunque no fuese mucho—, vestir, educar y controlar a más de 400 chicos, con un porcentaje muy grande venidos de reformatorios de casi toda España, en especial de Madrid, era una tarea en la que había que tener una moral de gigante, la del padre Cid y los que colaboraron con él.

Gracias a esa moral, muchos recibimos una educación y un barniz cultural que nos ha venido muy bien en la vida.

Pasamos a algunos hechos:

En algún escrito se ha mencionado que el padre Cid o sus colaboradores, leían las cartas que se mandaban a la familia o se recibían de ellas.

Eso es cierto, pero solo rechazaban aquellas en las que se hablaba mal de las Escuelas y los interesados eran reprendidos y en algunos casos castigados.

Sobre esto yo puedo contar que en los veraneos en Santander, trabé amistad con unas chicas que vivían en la zona, Mari Carmen Pérez —enfrente del colegio—, en la calle Soldado Alejandro García, y la otra "Menchu" Mendicuchea en la calle Tetuán.

En una ocasión Mari Carmen me mandó una carta a las Escuelas con una foto suya.

Al llamarme en el comedor, como era costumbre repartir el correo y ver la carta y su contenido, me temblaron las piernas, pero no pasó nada de lo que yo temía, no fui ni castigado ni reprendido por el padre Cid que me dio la carta y tras comentarle yo que era una simple amistad y también con sus padres, me comentó que esa era una buena cosa, fomentar la amistad con los vecinos, siempre con educación y honestidad. La foto todavía la tengo a pesar de los años, aunque de momento no puedo localizarla. Con esto queda claro que nos daban las cartas, salvo las que eran contrarias a las reglas de las Escuelas.

Pasemos a lo que no se cuenta y es totalmente cierto, en los libros "Arquitecto de sueños" de Esteban Carro y en "75 años de servicio Escuelas de Cristo Rey" de Carlos Díez Menéndez...

El padre Cid tenía grandes virtudes, sobre todo creadoras, y en general no era mala persona, pero tenía un grave defecto...., que tiraba todo lo bueno por la borda por su irascible mal genio.

Toleraba hasta cierto punto las faltas de conducta, las relacionadas con el sexo, el aseo y el poco interés en los estudios, pero lo que no perdonaba era el hurto.

Cuando la policía traía a algún alumno que había sido pillado robando en algún mercado, casi siempre el del Val o el de Portugalete, eso le sacaba de quicio.

El castigo venía por la noche. Cuando estábamos acostados, hacía levantarse al culpable y le llevaba a una habitación donde le hacía arrodillarse y cogiéndole la cabeza entre sus piernas, le sacudía unos cuantos latigazos con un vergajo (vergajazos) que tenía y que entre nosotros decíamos era de "picha de toro".

Yo no lo probé nunca, pero lo escuché contar a alguno que lo sufrió y vi los efectos en algún alumno, la espalda y las nalgas llenas de verdugones.

Lo que a mí me afectó siempre en sus enfados, bastante corrientes, fue que en el comedor nos llamaba "engendros del diablo" y nos decía que "no podéis ser buenos porque sois hijos de rojos". Eso siempre me dolió mucho.

Otra cosa eran "las tortas zamoranas". Cuando íbamos a recibir como castigo alguna bofetada, el padre Cid nos colocaba delante de él y con sus manos en la espalda y según nos estaba regañando, nos amagaba con la derecha y al taparnos nuestro lado izquierdo con el brazo, nos sacudía con la izquierda.

Si alguno lo sabía y se cubría con los dos brazos, entonces recibía una patada en la espinilla y al bajar las manos a la zona dolorida dejabas al descubierto los dos carrillos y llegaba la "torta zamorana".

Cuento esto y no lo defiendo, pienso que era una época donde se usaba la correa y se decía "la letra, con sangre entra".

Yo ahora lo recuerdo como algo pasado en tiempos lejanos y prefiero acordarme de los momentos más agradables.

Sinceramente, admiro la obra del padre Antonio Fernández Cid en Valladolid y más tarde en Cóbreces, Sobrado de los Monjes y otros lugares de Castilla, y agradezco las enseñanzas que recibí y que me han sido muy útiles en la vida.







Veraneos en Santander



Al llegar estas fechas de verano, mis recuerdos se trasladan a Santander y fue la primera vez que vi el mar.

Todos los años, desde 1947, nos trasladaban a Santander, a una finca comprada con donaciones en la avenida Menéndez y Pelayo de esta ciudad. (La principal donación era de un señor de Santander, con la idea de que se hiciera en esta ciudad otro Cristo Rey, al estilo del de Valladolid).

El terreno era una pronunciada cuesta y bajaba hasta la calle Tetuán. En la parte alta se construyó un edificio de unos 40 metros de fachada, de tres pisos, que al estar en una cuesta eran cuatro o cinco.

El resto del terreno sin cuidar y en la parte baja, en la calle Tetuán, una pequeña nave, que era el lavadero.

Pasábamos allí los meses de julio y agosto y nuestras actividades eran las siguientes: por la mañana, después de misa y desayuno, a la playa, que generalmente era La Magdalena que nos pillaba más cerca; vuelta al colegio, comida, siesta y por la tarde salíamos de paseo o jugábamos en el terreno del colegio.

Otro compañero y yo, hicimos amistad con una familia enfrente del colegio, en la cuesta del Soldado Alejandro García y allí pasábamos muchas tardes, con unas amigas y sus padres, que eran los porteros de la casa.

Algunas veces, pocas, según los medios económicos, íbamos al cine por nuestra cuenta. Para lograr tener algún dinero, nos dedicábamos algunos a hacer collares con las caracolas que cogíamos en la playa de La Magdalena. Los cordeles, cuentas de colores, agujas y cierres, (algunas veces no había para cierres y atábamos los cordeles), los comprábamos en una mercería al principio de la calle Tetuán. Luego los vendíamos por la zona de La Magdalena, Puerto Chico y el Sardinero. (En alguna ocasión en la explanada de la estación, montaban un circo).



La playa de La Magdalena, estaba situada en una especie de cala y había que bajar por unas escaleras.

Cuando subía la marea, desaparecía la playa y nos tocaba ir a pasear o ir a la de El Sardinero, que estaba más lejos.

Cuando la marea era baja, nos bañábamos, jugábamos y después en unas rocas que había al final de la escalera, buscábamos caracolas, lapas y algunas veces, con unos ganchos, sacábamos algún pulpo pequeño, que nos compraban la gente que iba a cogerlos.

Uno de los años, creo que fue en 1948, nos llevaron por grupos y durante quince días, a un campamento de Falange en la playa de Somo, al que nos trasladaron en barco desde el antiguo Puerto Chico.

Lo pasamos de maravilla, sobre todo con las comidas, que eran estupendas, los juegos y por la noche, el fuego de campamento, antes de ir a dormir, con canciones, chistes y otras actuaciones, alrededor de una hoguera.

A Santander nos llevaban en camiones, salvo una vez que fuimos en tren y de este viaje recuerdo una canción que cantábamos:


Adiós Pucela entera, adiós ciudad querida,

tus calles y tus plazas y todas tus avenidas.

Adiós Pucela hermosa, que te vaya bien,

Dios quiera que otro año no tengamos que volver.

Allá en el tren juntitos iremos,

y nuestras penas atrás dejaremos.

Más adelante debemos de gritar y vocear,

que somos madrileños que de Pucela se van...,

y no volverán jamás.


Eso era lo que cantábamos, pero en realidad yo he vuelto cuatro veces de visita a Valladolid desde 1950 que salí de las Escuelas.

El último año, 1950, ya no fui, estaba de superior el padre Mariano, que al año siguiente vendió la finca, para pagar alguna deuda y ampliar las instalaciones de Cristo Rey.

Muchas son las correrías e historias que se podían contar de esos años, pero con lo expuesto vale.





Más cosas sobre Santander



En primer lugar, contar que a Santander no solían ir todos los alumnos. Algunos se marchaban con sus familias, otros se quedaban castigados, bien por problemas de estudios o por mal comportamiento y en algunos casos por estar trabajando, estudiando o atendiendo los mayores el colegio.

Con lo mencionado, quedaba bastante reducido el grupo de los que iban a Santander.

Recuerdo que el verano de 1948, nos llevaron de excursión al Monasterio de Santa María de Viaceli, en Cóbreces, disfrutando como críos que éramos viendo las vacas, como las ordeñaban y como hacían los quesos. (En la actualidad, los monjes siguen haciendo el de La Trapa, pero ya no tienen vacas y la leche se la proporcionan otros ganaderos de la zona).

Dormíamos en una nave con colchonetas en el suelo y correteábamos y jugábamos por una zona de manzanos, que creo recordar eran para hacer sidra, algo ácidos, pero a nosotros nos sabían a gloria.

Puede que en esta excursión, ya estuviese madurando el padre Cid la idea de cambiar de orden, de jesuita a trapense.

El año 1950 yo ya no fui a Santander por mi trabajo en la ebanistería de Miguel Trapote, en la calle Arribas. El traslado a Santander era en julio y yo trabajaba ese mes.

En agosto, un día nos levantaron de madrugada y después de lavarnos, nos llevaron a una zona sembrada de garbanzos ya secos, situada paralela a la carretera de León, en donde en la actualidad está la zona de entrada al Instituto y hasta donde creo que están las naves de los talleres de mecánica.

Nos pusieron a un chico en cada hilera o surco, arrancando las matas y depositándolas en unos serones que otro chico llevaba al lado.

No sé si conoceréis la planta del garbanzo, pero está llena de pequeños pinchos que nos dejaron las manos hechas una pena, hinchadas y doloridas.


A
lgunos, cuando encontraban una mata que no estaba seca del todo, se comían los garbanzos verdes, lo que les produjo unos fuertes cólicos, otros cayeron enfermos con insolación.

Yo tuve la suerte de que no me gustaba el sabor de los garbanzos verdes y también de librarme de la insolación.

Acompaño un plano de Santander para que conozcáis la situación del Colegio Cristo Rey Santander. En la actualidad, en el paseo Menéndez Pelayo hay una gran edificación con jardín y piscina, y en la parte de abajo, en la zona de la calle Tetuán, un parking al aire libre y en la derecha un Centro de Atención Médica.

También acompaño, una foto del Monasterio de Cóbreces, que fue restaurado por el padre Antonio Fernández Cid. Ya como trapense; se llamaba José Fernández Cid o Fray José, al poco de ingresar en la Orden.



M
onasterio de Cóbreces, (Cantabria)


LA CAFETERÍA


Las puertas de las Escuelas de Cristo Rey, aunque tenía portero, estaban siempre abiertas durante el día y podíamos salir cuando nos apetecía.

Una veces, a jugar en las eras grandes, (había dos, una, la grande, enfrente del colegio cruzando la vía del tren y otra más pequeña en la calle Erillas, más abajo del colegio). Otras veces a comprar, cuando había algún dinero, a una pequeña tienda a la izquierda de la carretera de León.

Era una tienda más bien pequeña, donde tenían de todo, legumbres, frutas, sobre todo melones, unos ricos y baratos bocadillos de tocino, golosinas, entre ellas el llamado regaliz, con el que con una pequeña botella de agua y agregando unos cachos de regaliz y dejándolo de un día para otro, hacíamos un líquido parecido a la Coca-Cola, pero sin gas.

También bajábamos hasta la Fábrica de Harinas junto al Puente Mayor a comprar recortes de galletas y hostias.

Otro entretenimiento, era buscar lagartos, que los había bastante grandes y con ayuda de una hoja de afeitar los pelaban y quitaban las tripas, asándolos en las estufas que teníamos en las clases. Yo nunca participé en esta tarea, en primer lugar, porque me daba pena por el lagarto y también porque me daba asco.

Todo esto en horas de recreo o fiestas que es cuando teníamos tiempo libre.

Uno de esos días, corrió la voz por el colegio de que habían encontrado a un hombre ahorcado en una torre metálica de la luz, al final del Canal de Castilla. Faltó tiempo para bajar corriendo a verlo. Era la primera vez que yo veía un muerto. La segunda fue a un compañero que murió en el hospital. (El único niño que falleció en mis cinco años de estancia en Cristo Rey).

Y paso al relato principal de este recuerdo:

Un día, con uno de mis amigos, puede que fuese Víctor García, nos fuimos a dar una vuelta por el Campo Grande y a ver los trenes en la estación. Ya de regreso hacia el colegio, subimos por la calle de Santiago, aunque también podía ser por Duque de la Victoria, la memoria a veces no da para tanto.

N
os paramos ante el escaparate de una pastelería que también era bar, y nos quedamos mirando los ricos pasteles, sobre todo los llamados "napolitanas", que a mí me encantaban, cuando sentimos unas manos sobre nuestros hombros.

Al volvernos, vimos a una señora algo mayor que sonriente, nos preguntó que si nos gustaban los pasteles. Al decirla que sí, que mucho, nos indicó que pasáramos a la pastelería con ella. Nos sentamos en una de las mesas. Nos pidió para nosotros, un vaso de leche y un suizo y para ella un té.

Mientras nos lo tomábamos, nos preguntó, aunque se lo suponía, si éramos de Cristo Rey. La contestamos que estaba en lo cierto y nos comentó que ella pertenecía a la Asociación de Damas de Cristo Rey, (creo que era algo así) y que se encargaban de conseguir y proporcionar ropa de vestir y de cama para las Escuelas de Cristo Rey.

Aquella tarde, aunque perdimos la merienda del colegio, merendamos mejor que nunca y siempre me acordaré del detalle de aquella buena mujer.

Es un recuerdo para algunos de poca importancia, pero para mí de mucha, pues en aquella época, tomarse un vaso de leche y un suizo, tenía una gran relevancia.


SOBRE HIMNOS Y BANDERAS


Ya conté que por la mañana, después de lavarnos, formábamos en la zona de recreo donde había un mástil con las tres banderas oficiales, la de España, la Requeté y la de Falange, y según el cura que dirigiese el izado de banderas, cantábamos el "Cara al sol" o el himno de España con la letra de José María Pemán.

Había en este himno una diferencia; Pemán escribió:


¡Viva España!

Alzad la frente

hijos del pueblo español,

que vuelve a resurgir…


Con Franco se cambió "alzad la frente" por "alzad los brazos", todo ello formados y con el brazo derecho en alto, lo que daba lugar a que algunos más atrevidos y lógicamente entre los mayores, que en lugar de hacerlo con la mano abierta, lo hacían con el puño cerrado. (Esto que cuento, también lo comenta José Brizuela Camarero en sus memorias).

Por algo nos decía el padre Cid, que la mayoría éramos "hijos de rojos". Y voy a lo importante: Algunas veces cantábamos el himno con una letra, que no puedo recordar si la escribió algún cura del colegio, algún maestro o alguien de Falange, de los que iban a darnos lecciones de política, y que era la siguiente:


¡Franco! ¡Franco!

Qué cara más simpática

que tiene usted,

parece un Requeté.

Lleva en la mano

derecha las flechas

y está gritando

¡Viva, viva Cristo Rey!


Puede que fuese alguien de Falange y aun a pesar de los años pasados, sigo recordando las canciones que nos enseñaron: "Montañas Nevadas", "Yo tenía un Camarada", "De Isabel y Fernando", "Falangista soy" y otras más. Las Escuelas dependían mucho de Falange.

Son recuerdos simples, pero que tienen interés para los que lo vivimos y puede que para los que han pasado por esas Escuelas de Cristo Rey posteriormente.


P
ara que tengáis idea donde estaba el mástil de las banderas



LAS EXCURSIONES



Ya comenté que algunas veces nos llevaban de excursión a lugares cercanos a Valladolid, en una ocasión a un monasterio de Palencia, en otra a Madrid.

En estas excursiones, como es lógico, no podíamos ir todos y solían ir según las apetencias de los curas que las dirigían. Por descontado, quedaban excluidos los más conflictivos y revoltosos y los castigados por otros motivos. Hay que tener en cuenta que éramos más de 300 y en estas excursiones sólo podían ir 60 o 70.

Aparte de las salidas al Pinar de Antequera, que lógicamente íbamos andando, yo recuerdo la que me tocó realizar a Torrelobatón.

Fuimos en unos camiones preparados para el transporte de soldados y seguramente proporcionados por el Frente de Juventudes de Falange. Paramos en unas praderas al lado del castillo, donde nos dedicamos a jugar, correr y comernos el bocadillo. Cerca del castillo había unos campos de maíz, con las panojas en plena madurez. Lógicamente, siendo unos críos y con algo de hambre, invadimos el sembrado para coger las panojas, lo que provocó la ira del dueño, que salió gritando, "¡chicos, chicos, no os comáis las ‘pinochas’!".

El destrozo debió ser bastante grande y no sé cómo acabaría, ni la explicación de los curas que nos acompañaban.


Otra excursión, a la que no me tocó ir, fue al Monasterio de la Santa Espina. Esto me causó mucha pena por lo siguiente: (referente a este relato, hay que tener en cuenta la edad, sobre los once o doce años y vivir en un colegio de religiosos). Mi pena era que me hacía mucha ilusión ver ese Monasterio, porque según nos habían contado, guardaba una espina de la corona de Jesucristo en su pasión y para una mente infantil, eso era algo fuera de lo normal. Pero no me tocó ir y mucho que lo sentí.

No recuerdo haber ido a otras excursiones, aunque pienso que no debían de ser muchas y por mala conducta no creo que fuese.



Castillo de Torrelobatón, (Valladolid)

M
onasterio de la Santa Espina, (Valladolid)

 

HACE 77 AÑOS



Durante el mes de mayo, en el colegio se intensificaba el rezo del Rosario, acompañado de canciones referentes a la Virgen, pero este año, 1947, a mitad del mes hubo más movimiento de lo habitual.

Empezamos por aprender nuevas canciones, sobre todo una cuya letra decía:


"El trece de Mayo, en Cova de Iria,

desciende amorosa, la Virgen María.

Ave, Ave, Ave María. Ave, Ave, Ave María.

Rezad por el Papa, rezad por la Iglesia,

por los pecadores, haced penitencia.

Ave, Ave, Ave María. Ave, Ave, Ave María".


Había más estrofas, pero no las recuerdo.

Nos hicieron desfilar ordenadamente por el campo de fútbol y la banda de cornetas y tambores no paraba de ensayar.

Nos daban consejos de comportamiento y todos nos preguntábamos que para qué serían todos aquellos ensayos.

La respuesta llegó en la última semana y paso a relatar lo sucedido.

El día 1 de junio, por la tarde, llegaba a Valladolid, la Imagen Peregrina de la Virgen de Fátima, camino de Holanda. A unos cuantos alumnos nos eligieron para la procesión del recibimiento en el paseo de Zorrilla, a la altura de la plaza de toros. Lógicamente a los más mayorcitos. Nos dieron el ya conocido traje blanco de marineros y nos aconsejaron que no lo mancháramos, que nos tenía que durar dos días.

Llegado el día 1, fuimos al paseo de Zorrilla, donde llegó la imagen por el Puente Colgante. En dicho paseo, comenzó la procesión, la imagen de la Virgen de Fátima, acompañada de niños y niñas de todos los colegios de Valladolid, Arzobispo de la ciudad y autoridades civiles y militares. Llegados a la plaza de Zorrilla, subimos por la calle Santiago a la plaza Mayor, donde se rezó el Rosario y se entonaron algunos cánticos marianos. Continuamos por la Fuente Dorada, Cánovas del Castillo y terminó en la Catedral, donde quedó depositada la imagen de la Virgen.

Al día siguiente, 2 de junio, por la mañana, se organizó desde la Catedral, una procesión infantil para trasladar la imagen al Santuario de la Gran Promesa, donde se llevó a cabo una misa, el Rosario y otros actos. Por la tarde, se organizó, ya sin nuestra colaboración, la procesión de despedida y tras pasar el Puente Mayor, en el barrio de La Victoria, explanada de San Bartolomé, se procedió a rezar el Rosario de despedida. A este acto en San Bartolomé, asistimos todo el colegio, pero ya sin uniformes. Del barrio de La Victoria salió la imagen de la Virgen camino de Palencia.

Solo decir que terminamos agotados de tanto trajín, yendo y viniendo a pie a todos los sitios. Pero fue una jornada más para el recuerdo en nuestra vida, ya muy larga.


L legada de la Virgen de Fátima a la Catedral de Valladolid



VALLADOLID EN EL RECUERDO

De mis paseos por la ciudad, guardo bastantes recuerdos de lugares que, en mi última visita, vi que habían cambiado o desaparecido, cosa que me produjo algo de pena y pienso que a los pucelanos, les pasará lo mismo.

Del colegio tengo buenos y malos recuerdos, pero de la ciudad de Valladolid, los recuerdos son buenos.

Como teníamos libertad para ir a la ciudad, tanto los domingos como los festivos y ya en los años 1949 y 1950, al trabajar en la calle Arribas, número 2, lo hacía a diario. Uno de los sitios que visitaba algunas veces, era un frontón situado en la calle Expósitos y pasaba a ver jugar a la pelota vasca, pues desde pequeño me han gustado casi todos los deportes. Creo que sigue existiendo, pero ya sin uso.

Otro recuerdo era la plaza de España, donde ponían un mercadillo y creo que lo siguen poniendo por las mañanas, pero la plaza ha cambiado desde entonces.

Algo fascinante para mí, era la calle Miguel Íscar. Me gustaba la casa de Cervantes, pero sobre todo, pensar que por debajo de la calle pasaba un río. (El río Esgueva). Para mis pocos años, 12 a 15, era una cosa impresionante y fabulosa. ¿Cómo podían meter un río debajo de una calle?

Otros recuerdos son, por ejemplo, el mercado de estructura metálica de Portugalete, enfrente de donde yo trabajaba y que lo vi convertido en unos jardines y un parking subterráneo. (Donde yo trabajaba y aprendía, hoy es un pub llamado Pispas Bar).

También el del Val, aunque este lo han restaurado y parte es un supermercado.

Qué se puede contar de la plaza de Poniente, donde he jugado montones de veces entre las estatuas de entonces: Pinocho, la lechera con su cántaro roto, Pipo y Pipa y otras, que posteriormente las cambiaron por y finalmente, según he leído, destrozadas por gamberros que disfrutan haciendo daños.






Otro lugar que frecuentaba era la plaza de San Pablo, admirando su hermosa fachada y para mi mente, la fabulosa ventana donde nació Felipe II. Como es lógico, el Museo de Escultura de San Gregorio, donde me gustaba en especial la cabeza de San Juan Bautista sobre una bandeja y una figura grande de María Magdalena, por lo maravilloso que estaba hecho el traje, imitando el entramado de tiras vegetales.

Sobre el museo recuerdo un hecho que me sucedió:

Por las Escuelas solían pasar, de vez en cuando, algunos sacerdotes de paso a otros destinos y se quedaban en Cristo Rey unos días. Uno de esos días, sería sobre 1950, el padre Mariano, sabiendo que yo conocía el Museo de San Gregorio me pidió que acompañara a un sacerdote a visitar el museo. Bajamos a la ciudad, visitamos el museo y a la salida, en el bar del museo, me invitó a tomar un vaso de leche con un bollo. Al ver como lo devoraba, me pidió otro más, lo que me supo a gloria. (Hay que tener en cuenta, que en aquellas épocas, dos vasos de leche y dos bollos, eran algo extraordinario aunque ahora os parecerá una ridiculez).

Salvo los malos momentos pasados en el colegio, de Valladolid guardo un grato recuerdo, siendo para mí la segunda ciudad preferida, después de Madrid, lógicamente.

"El progreso es necesario, pero cuántas cosas y recuerdos se lleva por delante el progreso..."





Algunos recuerdos deL Valladolid de 1945 a 1950



Al llegar el verano o el invierno, siempre me acuerdo de esos años viviendo en la ciudad del Pisuerga. A pesar de que en Madrid también hace calor y frío, no se puede comparar con el clima de Pucela.

En el verano, en los años 49 y 50, al estar trabajando, (aprendiendo), en la calle Arribas, tenía que hacer cuatro viajes cada día.

Por la mañana, después del desayuno, los aproximadamente dos kilómetros que separan las Escuelas de Cristo Rey de la calle Arribas. A mediodía, regreso al colegio para comer y después otra vez al taller y a la Escuela de Artes y Oficios, que si no me falla la memoria, estaba en la calle Leopoldo Cano, y terminadas las clases, otra vez de vuelta a las Escuelas a cenar y dormir.

En total, alrededor de ocho kilómetros diarios, claro que con 14 y 15 años, era un paseo, pero con calor o frío era una tortura.

Del calor del verano, comentar, que al pisar el asfalto estaba reblandecido y que era necesario ir buscando las zonas de sombras.

Circulaba un autobús desde la plaza Mayor hasta San Cristóbal-Barrio de La Victoria, junto a la estación del "Tren Burra"(San Bartolomé), pero no había medios económicos para usarlo y tampoco merecía la pena, pues era medio camino.








El invierno era otro cantar. Un frío "de bigote", y nosotros casi sin ropa de abrigo. Una camisa, la cazadora, pantalón corto y alpargatas.

En esta estación, casi siempre, la mayoría padecíamos de sabañones en las manos y el único remedio que teníamos era al orinar, rociarnos las manos con nuestro orín. Un poco asqueroso, pero sumamente necesario.

Y no hablemos de los días que nevaba. Había que "atarse los machos" como se suele decir.

Unido a todo esto, el hambre que pasábamos, porque aunque teníamos desayuno, comida, merienda y cena, eran escasos y de poco alimento.

Yo no lo pasé tan mal, pues como ya comenté, tenía una taberna-restaurante junto al Ayuntamiento, donde me suministraban bocadillos, que luego pagaba mi familia y los que me daba el maestro y dueño del taller, Miguel Trapote, padre del escultor vallisoletano Jesús Trapote, por la mañana. Pero el frío y el calor, no me lo podía quitar nadie.

Algunos excompañeros con los que tengo contacto, reniegan de las Escuelas y opinan que fueron los peores años de su vida. Hace años, yo pensaba igual, pero ahora pienso que era fruto de la época, que fue una etapa más de mi vida, con penas pero también con algunas alegrías. Los partidos de fútbol, el cine en el Colegio San José y la calle Muro, los veranos en Santander y otras cosas que recuerdo, que no fueron tan malas.

¿Quién no lo pasó mal en aquellas décadas de la posguerra?

Fueron años de penurias, pero sirvieron, por lo menos en mi caso, para conseguir una pequeña cultura, una educación y un oficio para poder ganarme la vida.





¿Hablamos de cine?


Ya he comentado en otros recuerdos, que uno de nuestros entretenimientos, cuando podíamos, era el cine.

Sin que nos costase, o sea gratis, eran los cines del Colegio San José y el de Falange, antiguo Cine Hispania y principio de las Escuelas de Cristo Rey en la calle Muro. (Por cierto, no sé si sabéis que enfrente de Cristo Rey, en la calle Muro, estaba la fábrica de papel de fumar Zig-Zag).

En la calle Muro, nos ponían películas antiguas, algunas mudas, de Ken Maynard y su caballo Tarzán, y creo recordar también de Tom Tyler en las Aventuras del Capitán Maravillas, que más tarde lo veríais como Superman.





También alguna de los principios de John Wayne, películas que duraban 60 minutos y se cortaban cada dos por tres.

Por el estilo ocurría en el Colegio de San José. En este, los niños ricos del colegio, ocupaban el patio de butacas y nosotros en el piso de arriba o "el gallinero".

Teníamos que subir unas bonitas escaleras de piedra y pasar por un pasillo donde a la derecha tenían unas vitrinas con fósiles, piedras y algún animal disecado.

Proyectaban películas casi siempre del oeste, algunas bélicas y también de Charlot, Pamplinas, Buster Keaton y otros cómicos.

En San José recuerdo una película llamada "Pastor Angelicus" que relataba la vida del Papa Pío XII. Respecto a los cines de Valladolid, mis recuerdos se centran en algunos: el cine Coca, donde recuerdo haber visto "Dodge, ciudad sin ley", el Teatro-Cine Lope de Vega, donde vi "San Antonio", otra película del oeste; también el cine Roxy, donde pusieron "Los Miserables" y no me dejaron entrar por no ser tolerada para menores.

Otros cines que me vienen a la memoria: el Carrión, el Calderón, el Zorrilla, donde vi una película titulada "¿Principio o fin?”, y que trataba sobre la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima y Nagasaki.

También el desaparecido Teatro-Cine Pradera en la esquina del Campo Grande. Estos cines eran de pago y muy pocos del colegio podían permitirse ir a ellos.

Tengo leído algo sobre el cine que ponía el Padre Cid en las Escuelas, pero yo no me puedo acordar de haber visto cine en Cristo Rey, salvo una vez que visitó el colegio un misionero y nos puso unas películas de las misiones.

A
lgunas de las películas que vi entonces, las tengo ahora en DVD, puesto que poseo una colección de 3.231 películas.


Nuestras pequeñas monedas



Cómo no recordar el dinero de aquella época.

La verdad es que éramos pocos los que teníamos algunas "pelas".

Cuando teníamos algunas perras o pesetas, su destino era sin duda el cine o la pequeña tienda de la señora Tadea, situada en la carretera de León, a la altura del colegio y enfrente de La Maruquesa. Productos de compra: bocadillos de tocino, melones, chufas, regaliz para hacer como ya conté, una especie de coca-cola doméstica, las famosas aun hoy en día pipas de girasol, "Chochos" (altramuces) y pastillas de leche de burra.


A principio de primavera, algunos comprábamos gusanos de seda. Los guardábamos debajo de la cama en una caja de zapatos con agujeros en la tapa y los alimentábamos con hojas de morera, bien con la del colegio o cogidas en el paseo de las Moreras. Esto duraba poco, pues enseguida se hacían los capullos y entonces se los llevábamos otra vez a la señora Tadea, que nos los cambiaba por otras cosas o tebeos atrasados.

Pero pasemos al dinero: lo más normal eran las monedas de 5 y 10 céntimos, que eran de aluminio y en una cara figuraba el escudo de España y en la otra, un jinete sobre un caballo y con una lanza. Esta figura estaba basada en unas monedas ibéricas y romanas halladas en Huesca (Osca) y que en la actualidad figuran en el escudo de esta ciudad. Se solían llamar perra chica y perra gorda, al igual que las antiguas de cobre.




Otra moneda corriente era la de 25 céntimos, a la que se llamaba un real y tenía un agujero en medio. Esta era de níquel, acuñada en Viena en 1937 y tenía en el anverso el escudo de España y las cinco flechas, y en el reverso, el escudo de España sin el águila.

De las pesetas, circulaban las de papel y la de metal, 1944, que tenía en el anverso un uno, rodeado de los escudos de Castilla, León, Navarra, Aragón, Granada y las cinco flechas. En el reverso, el escudo de España con el águila. A esta moneda se la llamó "rubia" por su color de cobre y en el argot callejero también se la llamó "pela", "leandra" y "cuca".

En el año 1946 se puso en circulación la primera de una peseta con la cara de Franco, diseñado el busto por Mariano Benlliure en el anverso y en el reverso, el escudo de España con águila. La de 5 pesetas se puso en circulación a partir de 1949 y su metal era cupro-níquel. A esta moneda se le llamó "duro", tomado de las antiguas de plata. Se solía utilizar en las compras, algunas veces los reales: 25 ctmos., un real; 50 ctmos., dos reales; una peseta, cuatro reales y 100 pesetas, 400 reales. No duró mucho tiempo. Una cosa curiosa: un día recibí una carta de mi abuela materna y en ella me mandaba una peseta de papel cosida al texto de la carta, para que no se perdiese. Así me la entregaron y me hizo una gran ilusión. Ni que decir tiene que acabó en la tienda de la señora Matea.

Aparte de estas cosas y como curiosidad, me imagino que conoceréis la famosa moneda de 100 pesetas de plata, acuñada en los años 1966, 1967, 1968 y 1969. Lo curioso de esta moneda, una de las más falsificadas, es que la cara de Franco, la diseñó Juan de Ávalos, escultor de las figuras del Valle de los Caídos. Este escultor fue republicano y del Partido Socialista. Al final de la guerra, fue encarcelado y al poco tiempo consiguió la libertad, pero con la prohibición de pertenecer a cualquier Academia Artística ni ocupar cargo de profesor en ningún centro o universidad. Se presentó al concurso de bocetos para el Valle de los Caídos y fue el elegido por Franco. Rehabilitado por Franco, realizó además de las figuras de la Cruz del Valle de los Caídos y el busto de la moneda citada, el monumento a Carrero Blanco en Santoña, Monumento a Juan Pablo II en La Catedral de Madrid, el Ángel de la Paz en Valdepeñas, (Destruido por el GRAPO), el monumento a Joaquín Rodrigo en Aranjuez y el famoso mausoleo de los Amantes de Teruel, en esta ciudad.




Pequeños recuerdos



Son muchos los recuerdos que quedan en la mente de aquellos años de la posguerra y de mi paso por Valladolid, en las entonces llamadas Escuelas de Cristo Rey.

A pesar de la escasa alimentación, el gran calor del verano y el terrible frío de Valladolid en invierno, bastantes hemos llegado a avanzada edad y podemos contarlo. El frío en invierno, sin casi ropa de abrigo.

A pesar de lo comentado anteriormente, en mis casi cinco años de estancia en Cristo Rey, solamente ocurrió el fallecimiento de un compañero, a causa de algo que comió en mal estado. Hay que tener en cuenta que éramos sobre cuatrocientos alumnos.

Un caso, casi diario, era que las sobras de las comidas, si es que las había, se echaban en la comida del cerdo y algunos bajaban a la granja a comerse lo que pudieran, cosa que yo no hice nunca. Me producía asco, pero para otros, el hambre era más fuerte que el asco.

Algunas veces, por la noche, después de acostados, algunos chicos bajaban hasta donde estaban los viñedos, y cogían algunos racimos de uvas. Yo lo hice una sola vez, pues era bastante cobardica.

Sucedió que un día apareció un racimo sin uvas, debajo de la cama de uno de mis amigos. Aunque él aseguró y juró que no era suyo, no pudo librarse del castigo correspondiente: unos cuantos palos y sin comer ese día.

A nosotros nos aseguró que él no había sido y que alguien con mala leche, se lo había colocado debajo de la cama.

Otro caso bastante frecuente era el de los que se meaban en la cama, algunos con más de doce años, bien por incontinencia o por no levantarse en invierno hasta los servicios, pues hacía mucho frío y de calefacción nada.

Cuando al revisar las camas o cambiar las sabanas, pillaban a alguno de los "meones", les hacían bañarse en calzoncillos, tanto en verano como en invierno, en la alberca grande, detrás de los dormitorios. Aún no estaba funcionando la piscina y yo conocí a alguno que tenía ya 14 años.

Cuando llegaba el verano y terminaba el curso, tocaba limpiar y asear las clases. Algunos de los más mayores, se encargaban de la pintura y los de cada clase, sacábamos los pupitres al exterior para limpiarlos.

Después de lavarlos con agua y jabón, las múltiples manchas de tinta teníamos que quitarlas raspando la madera con trozos de cristal. Imaginaos cómo quedarían los pobres pupitres.




Los libros de texto de entonces. década de los 40



Viendo a los chavales y chavalas de hoy en día cargados con sus mochilas y sus carritos, me viene a la memoria nuestros antiguos libros de texto.

En aquellos años cuarenta, eran poco más o menos una enciclopedia, un libro de lectura, un cuaderno de caligrafía, una pizarra, tiza, pluma, lapicero y un catecismo.

En Cristo Rey no corríamos el riesgo de padecer escoliosis, pues eran la enciclopedia, las lecturas y el catecismo para dos y se quedaban guardados en el pupitre.

Dentro de mi familia ya he conocido tres casos de problemas con la columna por el peso de los libros y problemas económicos por el precio de esos libros, que casi nunca los terminaban del todo.

En Cristo Rey, creo recordar, que teníamos las Enciclopedias de Dalmau Carles, cada clase el grado que le correspondía. Las de Edelvives las usábamos en mis colegios anteriores.




De la caligrafía se encargaban los cuadernos de Rubio y de la religión el catecismo del padre Ripalda.

Antes de entrar yo, el padre Espiritual Francisco Herrero, que era el encargado de la catequesis, prefería el catecismo del padre Astete S.J. (Gaspar Astete).

Durante mi estancia, tanto el padre Balbona como el padre De La Fuente, preferían el del padre Ripalda.

Los cuadernos caligráficos de Rubio, yo no llegué a utilizarlos, porque cuando ingresé en Cristo Rey, ya sabía leer y escribir bastante bien y fui durante esos años, de 1945 a 1948, uno de los encargados de pasar a limpio los trabajos de clase.

Las enciclopedias tocaban todas las asignaturas: Gramática, Aritmética, Geografía e Historia. Aparte teníamos un libro de Historia Sagrada para la religión.

En gramática lo que más molaba eran las lecturas y sobre todo las fábulas, como por ejemplo la de la mona:

"Subió una mona a un nogal,

y cogiendo una nuez verde,

en la cáscara la muerde,

lo que le supo muy mal.

Arrojola el animal

y se quedó sin comer.

Esto suele suceder

a quien su empresa abandona

cuando encuentra, cual la mona,

al principio un qué vencer".



Otra era la conocida fábula de “Las moscas y el panal”.

En aritmética, cómo no recordar la cantinela usada para la tabla de multiplicar.

Recuerdo una canción de la época:

"Niños que vais a la escuela

y tenéis dificultad

para aprender de memoria

la tabla de multiplicar.

Si queréis un consejo,

Maginet os lo dará:

Aprended a cantar y sabréis multiplicar.

Siete por siete, cuarenta y nueve.

Siete por ocho, cincuenta y seis.

Siete por nueve, sesenta y tres.

Y el que no lo sepa, es que tonto es."



Geografía era una de las asignaturas por mí preferidas. Me encantaban sobre todo los países, sus capitales, sus escudos y banderas.

En historia no se pueden olvidar la lista de los 35 Reyes Godos, que teníamos que aprender de memoria y que, sinceramente, no servía para nada. En esta asignatura, era de destacar el hincapié que hacían los libros sobre Isabel la Católica y Cristóbal Colón.

Aparte de las enciclopedias, teníamos en las clases más adelantadas, un libro titulado "Fábulas educativas", (Yo creo recordarlo más como "Lecturas Ejemplares") de Ezequiel Solana. De este libro, todavía recuerdo las siguientes:



"Haciendo un largo camino,

un muchachuelo baturro,

iba detrás de su burro

en demanda de un molino.

Llegó, por fin, y ligero,

de las gentes con asombro,

cargó la talega al hombro

y la llevó al molinero.

En tanto que la turbina

del agua azotada vuela

y con rapidez la muela

convierte el trigo en harina,

sale del portal el chico,

y con un cacho de teja

sobre la pared bosqueja

la planta de su borrico.

Un forastero que goza

viendo tanta habilidad,

ven, le dice, a la ciudad,

ven conmigo a Zaragoza.

Prendas tan sobresalientes,

Lujan educó con celo,

y pronto aquel muchachuelo

fue el pintor Goya y Lucientes.

De un muchacho esta ocasión,

hizo un genio esclarecido.

¡Cuántos genios se han perdido

por falta de educación!".

Otra de las lecturas que recuerdo, puede que por citar mi nombre, es la siguiente:



"Una tarde, Fernando, horas enteras se pasó llorando,

y su madre, afligida, le mimaba temiendo por su vida.

  • ¿Quieres pan, hijo mío?

No; ¡que está duro y se lo tiro al río!

  • ¿Quieres que te haga un huevo?

No; ¡que comidos más de veinte llevo!

  • ¿Quieres torta y manteca?

No; ¡que la torta es demasiado seca!

  • ¿Quieres pastel, Fernando?

No; ¡que es pequeño y demasiado blando!

Y su madre, que lo ama, le pegó una zurra y lo metió en la cama.

En ciertas ocasiones, las zurras valen más que las razones".

Unos maravillosos libros que nos educaron y entretuvieron.

Recuerdo que parodiando el catecismo, decíamos: "Los enemigos del alma son tres: Pardo, Bernáldez y Aragonés".

Posteriormente, puede que los libros fuesen de la Editorial Álvarez de Valladolid.



Se me olvidaba, las charlas que nos colocaban sobre los valores nacionales, estaban impartidas por gente de Falange.




SACERDOTES y MAESTROS



En mi memoria quedan los recuerdos y nombres de algunos de los sacerdotes y maestros que pasaron por las Escuelas en mis cinco años, y a ellos dedico este relato, puede que con algún error, pero insignificante. Han pasado 70-75 años, que son muchos años.

Del Superior de las Escuelas, P. Antonio Fernández Cid, ya comenté sobre él en otro relato anterior.


P
adre Cid

Referente a su sucesor, el P. Mariano Rodríguez, no fue mucho el trato que tuve con él, puesto que ya trabajaba en el taller de ebanistería de Miguel Trapote en la calle Arribas, 2.

Recuerdo que, en una ocasión, un compañero y yo nos metimos en el cine Coca y al no tener reloj se nos fue el santo al cielo. Cuando llegamos al colegio ya estaban cenando y al entrar nos abordó el P. Mariano y nos dijo que suponía que ya vendríamos cenados y que esperásemos fuera. (Que recuerde fue el único castigo que recibí de él).

El P. Mariano fue el que me trasladó a Madrid en vísperas de Nochebuena de 1950. Al entregarme a mi madre junto con mis cosas y la cartilla de racionamiento y al ver las dudas que tenía mi madre sobre mi porvenir, éstas fueron sus palabras:

"Señora, no se preocupe que su hijo sabrá de sobra buscarse la vida y no tendrá grandes problemas".

Así ha sido mi trayectoria.


Pasamos a un ligero relato sobre otros padres y hermanos.

El hermano Uzqueda, 1947-1950. Un vasco bastante gruñón, pero buena persona, a pesar de las faenas que le hacíamos, a las que contestaba lanzándonos algún pedrusco o lo que pillase a mano. Se dedicaba a las labores de mantenimiento, frutales, jardinería y otras.

El P. Balbona, espiritual de 1945 a 1947. No se le puede catalogar como mala persona, algunas veces sí, pero el mayor defecto y que nos sacaba de quicio a la mayoría, era su costumbre o vicio de sobarnos el lóbulo de la oreja cuando nos hablaba o confesaba. No quería confesarse con él la mayoría y a mí me revolvía las tripas. A veces cambiaba el “sobo” por alguna bofetada.

Del P. Miguel Martín, 1946, y el P. Carlos Pardo, 1947, no tengo recuerdos. Uno de ellos se fue a China y pasado un tiempo le escribimos una carta varios compañeros a la cual nos contestó. Yo le pedía que me mandase el principio del Ave María en chino y me lo mandó: "Wangfu Maliya, ni chongman sheg- chong"... Aún tengo la carta en mi casa.

El P. Luis Fernández de la Fuente, espiritual desde 1947, estaba por todos considerado como una bellísima persona. Lo mejor de Cristo Rey. Siempre llevaba alguna cosa en el bolsillo, bien caramelos o alguna estampa. Celebró sus últimos votos en 1948.

El P. Miguel Campo, compañero de juegos, en especial el fútbol y el baloncesto, a veces se ponía serio y daba algún capón o alguna torta.

También, muy buena persona, el P. Eugenio Borondo, 1948. Le presté el libro "Corazón" de Edmundo de Amicis y se le olvidó devolvérmelo al irse.

De los padres Inocencio Uzqueda y José Hernando no tengo ningún recuerdo, debido a que ya trabajaba en la ciudad y tenía poco contacto con ellos.

Ahora toca hablar de los profesores con los que conviví. En primer lugar, con el mío, D. Juan Gil y Zamora, además de maestro de mi clase, fue director del coro. Era algo mayor y durante varios años estuvo en Argentina, de la que nos contaba curiosidades, historia y leyendas. Le llamábamos "El Chochero", y algunas veces se dormía en la clase, lo que aprovechábamos para cazar moscas y mojarlas las patas en los tinteros. Lógicamente, el techo y las paredes, estaban llenos de motas azules; alguna se posaba en la calva de don Juan. En 1963, en un viaje que hice a Valladolid, fui con mi esposa a visitarlo a su casa en la calle Muro, 7. Vivía aún, pero ya viejecito.

A otro que recuerdo bastante es a D. Teodosio Fernández. Quería ser muy rígido y a los alumnos les decía "os voy a tener así de derechos" enseñando el dedo meñique, y daba la casualidad que lo tenía algo deformado y torcido. Imaginaos el cachondeo.

El profesor de 3º, D. Emilio Arranz, tenía la costumbre de pedirle permiso a D. Juan para que fuese a su clase a realizar algún dibujo en el encerado o en cuaderno que llamábamos de limpio, (Labores Especiales). Ya sabía yo, que en cada llamada caía un bocata o un bollo. (En esos años era muy bien recibido).

Del Director de Maestros, D. Manuel Navarro y los otros profesores no recuerdo nada, quizás por el poco trato.


Y estos son mis recuerdos de aquellos duros años. ¡Cómo ha cambiado todo, ¿verdad?!





Fernando Martínez González






© 2022- Asociación Antiguos Alumnos Cristo Rey Miralar
Avda Gijón 17, 47009 - VALLADOLID